NOTAS DE COCINA

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Las palabras se airean tendidas al silencio de la noche,  frágiles,  hermosas como la actriz, sueñan no romper la voz a manos de la escarcha.

Se cuartean al rigor de la polisemia en  una encrucijada incierta. Callan y se contestan en un viaje interminable hacia su propia reconstrucción. Dicen tal cual llegan y desdicen para volver a decir. El sueño corpóreo de una ola en medio de la pesadilla. El sueño más íntimo de una caracola yace tras la tormenta.

Quedar suspendido en el aire de un aliento.

En los años cuarenta del siglo pasado la joven que quiere ser actriz alimenta el brillo de sus ojos al mismo tiempo que, en la intimidad de una sala de sesión continua busca calor y llena su estómago con un bocadillo de miel con queso. Años más tarde es ella la que se presta a las palabras para hacerlas apetitosas al estómago de nuevas existencias.

Nada ocurre salvo la rutina la luz se destapa en la vieja olla de culo quemado con olor a pescado congelado la yema del dedo sobre la misma piel el plato diciendo coma sobre la mesa inclinada tabaco al acecho del cuerpo cubierto apenas con bata de seda imagen antigua de bohemia idealizada o empeño sangriento de las pulgas en hacer creer en la felicidad de la desdicha

Pica cava la toba de madrugada y el hijo escava las malas  hierbas cortando la flores nuevas sobre los huesos que guardan el flujo de  de su conciencia.

 A golpes sobre yunque bien templado etallan chispas de humanidad imposible resigna como no se resigna en círculos pequeños de báculo cansado reclamando su espacio

 El sol calienta la mañana

Las imágenes del viaje no realizado  penden en el tendal de la cocina.

La actriz desbarata su cabeza en el llanto que requiere la nueva tragedia. Son las palabras en la gravedad exacta del tono que pesa su consistencia lo que de forma vacua reluce su sonrisa que tinta la atmósfera de apartes mudos con los que reconstruye, se reconstruye en el sueño de la ola. Calienta las notas de su voz en el murmullo de una estación desierta

Espera. Piensa. Otea.

La actriz se habla a sí misma en un intento de mantener la cordura. El bisbiseo de su  silencio contempla la belleza del suave balanceo  de un cuerpo invisible  sentado en un banco metálico. Inicia la danza del aire en su suave fluir intenso.

DÓNDE ESTARÍA

      Todavía hoy lo pienso y no dejo de asombrarme. Acababan de dar las tres en el reloj de pared. De un salto salí de entre las sábanas.  En un decir amén me había puesto pantalón, camisa y me había calzado las alpargatas; “Mediado septiembre el tiempo todavía no es tan frío como para ponerse las botas”. Me había dicho mi madre pocas horas antes. Hubiera preferido estrenar las viejas botas que mi hermano me había dejado antes de partir al frente. Tenía razón mi padre; todavía me faltaban unos cuantos cocidos para llenarlas. Bajé a la carrera al corral, eché una meada intentando esquivar a la Córdoba en la oscuridad de la noche. No dejaba de saltar a mí alrededor entre ladridos y babas. Me lavé la cara en la pila. En la cocina ya trajinaba mi madre con el gancho de la lumbre. Sobre la chapa, aún templada de la noche anterior, el puchero con el chocolate que yo había rallado y  mi madre había hervido en leche después de la cena. “Te dará las fuerzas que necesitas para aguantar bien la mañana”; dijo con una mirada que transitaba, desde hacía un tiempo, entre la tristeza y la  generosidad. Toda una fiesta. A mis escasos doce años ya sabía del chocolate, pero no tenía memoria de haberlo tomado. Difícilmente en aquellos días de requisa y rapiña. Rebañé el tazón con el índice después de haberlo hecho a conciencia con la cuchara. “Dios te bendiga hijo”. Me colgó el zurrón al hombro con un buen cacho de queso y unos mendrugos de pan. Me dio dos cálidos besos y salí todo ufano a la calle casi oscura y callada, acompañado de la Córdoba. Llegué esquivando charcos al corral de las ovejas. Mi padre me aguardaba con una botella vacía en la mano. “Hoy vas solo hijo. La llenas  en el caño de Muñogarcía. Es mejor que la de casa. Ya sabes llegar. Dale una vuelta a la viña para ver cómo va la uva, la Córdoba te ayudará para que no se metan las ovejas Tu hermano la enseñó bien. En la huerta busca un meloncillo, pero no cales ninguno, busca uno que pese. Y si la Córdoba ve una liebre que la cace pero no dejes que la destroce, al zurrón con ella. Podrás hacerlo tú solo”. Me entregó una navaja bastante más grande que la que yo siempre llevaba encima. “Ten cuidado y no la pierdas”. Poco más… y un hatajo de ciento sesenta ovejas…

­      – Joooo… … abuelo que no me gusta el chocolate… que prefiero el chorizo…

     Jodido mocoso…ya me lo meriendo yo.

CÓMO NO ME MORIRÍA…

                                                                                                                      A mis padres.

MATÍAS


Regreso.

Se entristeció. Algo había ocurrido. Algo tan serio como para borrar de un soplo su sonrisa. Dos líneas mecanografiadas y… … el estruendo por el derribo de la casa de sus padres. Se pronunció la nostalgia en una lágrima. Al mirar por la ventana una nube de polvo denso, dejó gris su horizonte. Los dulces recuerdos de la infancia fueron llegando en imágenes difusas.
-¡Vayamos a ver cómo van los renacuajos! Creo que hoy ya tendrán las patas.
-¡Sí vayamos! ¡Me muero de ganas de ver cómo son!
Fidel saboreaba un tomate a grandes bocados, aliñándolo con unos toques de sal antes de cada mordisco. Era como mejor le sabía. Empezó a salivar de forma inconsciente, recuperando por un momento aquel aroma.
-El año pasado me llevé unos pocos a casa, en un tarro con agua…
-¿Se las viste nacer?
-Me los tiró mi padre, pero me dijo que se los habían comido los gatos.
-¡Vaya!
– Los gatos suelen desaparecer un buen rato cuando le ven. Estuvo trajinando toda la mañana con las herramientas.
Siempre concentrado y a la labor…. Resolvió todo el papeleo en un periquete; como si de su padre se tratara, se marchó deprisa, despidiéndose con apenas un gruñido.
El bar había cambiado: el olor incrustado de los puros había desaparecido. Pero no el caminar cansino de su escasa clientela matutina. No reconoció a nadie, tampoco quería. Se sentó junto a la ventana que, como siempre, miraba a la plaza.
-¡No me has pillado! ¡No me has pillado!
-¿Cómo que no? ¡Matías! ¡Siempre me haces lo mismo! ¡Vete a la mierda! Ya no juego al rescate… me voy con la bici…
-¡Fidel! No le hagas caso. Ya sabemos que Matías es un tramposo. Venga… me la quedo yo.
-¡Jooo Cristina! No es eso, es que siempre me la hace a mí…
-Así espabilas mermao.
-¡Te vas a enterar!

Se tocó la mejilla como si no quisiera recordar el puñetazo, agitó la cabeza y esbozó una sonrisa. Sin embargo, y a pesar de aquel puñetazo, su relación con Fidel había sido de las más auténticas que recordaba. Juntos habían descubierto que los renacuajos se convierten en ranitas, pasado un tiempo.
-Disculpe… ¿terminó con el periódico?
– ¡Eh! Sí… perdone… estaba abstraído… con el árbol de la plaza…
– ¿A que está bonito?
– Precioso…
El camarero recogió el periódico y le dejó con la palabra en la boca. Regresó al instante un poco agitado.
-Perdóneme… es que… verá usted… el señor Daniel está muy mal de las piernas, y tiene la costumbre de leer el periódico todos los días a la misma hora… manías de viejo…
-Sí, lo… … no se preocupe, me hago cargo.
Matías no quiso darse a conocer. Recordaba a la perfección al señor Daniel. Le echó una mirada rápida… estaba tal y como le recordaba. Era un castellano viejo que había llegado a muy viejo sin cambiar lo más mínimo, salvo que… miró por la ventana y… la vieja Orbea de barra no estaba a la puerta. Tan solo una silla de ruedas motorizada. Volvió sus ojos al señor Daniel y comprobó que a sus pies había unas muletas. Se reafirmó con una sonrisa íntima en lo que ya de niño sospechaba: ese hombre no vino al mundo para caminar sino para rodar. Contadas eran las veces que Matías había visto al señor Daniel con los pies en el suelo.
– Matías… ¿Qué te parece si mañana salimos con la bici?
– La tengo picada Fidel y mi padre todavía no me la ha arreglado…
– Yo te enseño si quieres, es muy fácil.
– Si yo lo hago todo, desmonto la rueda, ¡sé quitar la cubierta y la cámara!; la hincho, la meto en agua y localizo el pinchazo. La seco con una camiseta vieja y pego el parche; pero cuando la vuelvo a montar y la inflo… nada, no hay manera de que se llene de aire.
– Eso es porque no dejas que se seque bien.
– Lo dejo un buen rato.
– ¿Lijas un poco la cámara?
– ¿Cómo?
– Sí, así se pega mejor.
– No tenía ni idea. Voy ahora mismo a hacerlo.
– Espera que te acompaño…
Salió del bar. La plaza conservaba el empedrado intacto. Se fijó con detenimiento. Había sido restaurado y lo habían hecho bien. Ya no era la plaza que se llenaba de charcos cuando llovía. En el centro había un viejo olmo que a pesar de enfermedades y plagas se conservaba sano y vigoroso. Se encaminó por la calle Real. No había cambiado. Las viejas casas blasonadas seguían quietas, como recostadas unas sobre otras y con apariencia de cerradas. Dos mujeres de mediana edad con sus carritos de la compra embellecieron el encanto de la estampa. Le saludaron curiosas y se alejaron en un cuchicheo inaudible. Continuó su paseo como sin rumbo por un camino conocido. Una algarabía de niños saliendo al recreo rompió el silencio.
– No sé qué me pasa… es verla y ufff…
– Ja, ja, ja que no lo sabes…
– Pues no Fidel… ¿qué pasa?
– Que Cristina te pone la picha dura ¡mermao!
– ¡Eh! No me llames mermao que te doy una…
– Pues díselo.
– ¿El qué? ¿Qué me la pone dura?
– Ja, ja, ja… no Matías, que te gusta…a lo mejor te da un beso, porque yo creo que tu a ella también…
– ¿Tú crees?
– ¿No te has fijado cómo se pone cuando te ve?
– ¿A cuántas chicas has besado?
– A muchas…
– ¿A quién?
– Pues… a…
– ¡Anda mentiroso!
– ¿Quieres que se lo diga yo?
– No… …pero acompáñame.
– Vale.
– Pero no te metas ¡eh!

Le sorprendió que hubiera tantos niños en el patio. Pensaba, a juzgar por el escaso movimiento de gente por las calles del pueblo, que estaba casi deshabitado. Siguió su camino, no quería llamar mucho la atención de las dos maestras que fumaban en la puerta del patio que daba a la calle. Se fue caminando despacio con el regusto de aquel conato de beso en el patio de la escuela.
– ¡Jo… me ha dicho que sí!
– Pues claro que sí mermao…
– ¡Fidel!
– A ver si va Ana con ella…
– ¿Te gusta?
– Bueno…
– Tanto presumir y ahora eres tú el que está nervioso jajajaja…
– Bueno… ahora cada uno a su casa y después de merendar nos vemos en la alameda… ¿no te parece?
– Síí…
– Y no olvides que a las chicas les gustan con los dientes blancos ¡mermao!
– ¡Te voy a dar una leche!
Sin darse cuenta, Matías había llegado a la casa de Fidel. Una puerta pequeña y una ventana pequeña coronadas por un balcón de barrotes sencillos. Una extraña proporción de la arquitectura popular, adecuada para las labores comunes de una hacienda también pequeña. Había un par de geranios sobre el poyo de piedra. Sonrió. La casa estaba al fondo de una plaza irregular, le daba el sol. De la casa salió una mujer con un tiesto que se le quedó mirando.
-¡Cristina! ¿Eres tú?
– ¡Eh! ¿Sí?
– ¡Soy Matías!
– ¿Matías? ¡Matías! ¡Matías!
Se fundieron en un abrazo sincero de viejos amigos.
-¿La casa de tus padres supongo?
– Era el único que podía venir. ¿Cómo estás?
– ¡Cuánto tiempo! Siempre está bien encontrarse con los amigos. ¿Quieres darle una sorpresa a Fidel? Está en la bodega, liado con el mosto. Dile que saque tres vasos. ¿Cómo estás?
– Bien, muy bien… Los recuerdos me trajeron hasta aquí… ¿No sé caerá a la tina?
– Jajaja… estoy segura de que no lo permitirás. Anda.

>NAT Y SANJIN

>-Pícara paloma si tu carne no fuera tan correosa y yo no tuviera estos casi dientes ¡te ibas a enterar! No porque te fuera a comer ¡Quia! No se hizo la carne adulterada para paladar tan fino. A saber qué escondes debajo de esas plumas. ¡Sal de ahí! Deja de engañar a los niños haciéndoles creer que juegas con ellos; de sobra sé que lo que quieres es embaucarles para que te esparzan su merienda hecha migas. ¡Sal de ahí! Te estás metiendo en mi terreno y como me enfade… ¡te vas a enterar!-
Estos pensamientos rondaban por la cabeza de Natalio, familiarmente Nat. Estaba apostado entre el hombro de su dueño y la caja derecha del desvencijado acordeón que a duras penas era capaz de terminar una canción debido, sobre todo, a la ausencia de teclas en su parte superior e inferior. Pudiera parecer precario el acomodo de Nat, y sin embargo, él estaba más que cómodo; estaba seguro. Desde esa altura podía otear a los viandantes que paraban y buscaban alguna moneda en sus bolsillos, al mismo tiempo que emitía intermitentes aullidos completando, a su manera, las entrecortadas melodías del acordeón; sin dejar de sujetar, en ningún momento, media botella de plástico con un sencillo cordel como asidero. Este improvisado y humilde cesto le servía a Nat para recoger la tan necesaria buena voluntad de la gente. Era eficaz ejecutando su tarea pues sabía como nadie de la proporción entre el sonido de monedas y la cantidad y calidad de su comida. Además disfrutaba siendo el centro de todas las miradas humanas que casi siempre se sorprendían, tanto por los aullidos del peculiar can como por las increíbles, casi imposibles, melodías del acordeón.
Su dueño era un hombre esbelto, de no más de treinta años; de aspecto prematuramente envejecido debido, sobre todo, a los sinsabores que le había proporcionado una vida en continuo tránsito. Se llamaba Sanjin. Víctima de los duros bombardeos que había sufrido su ciudad aquél seis de diciembre de 1991, ante los atónitos ojos del mundo; había perdido a toda su familia aterrorizado de su propia impotencia. El gesto se le congeló; grave, en apenas un instante: sus tres hermanas, su padre, su risueña mamá y su abuelo ya no estarían más. Doce horas de su corta vida, llenas del dolor y el ruido atronador de las bombas, que no olvidaría jamás; no podría.
Huérfano y abandonado a su suerte, esa primera noche se juró entre lágrimas que no pararía hasta encontrar en el mundo un lugar en el que sentirse realmente seguro. Siempre se había caracterizado Sanjin por el arrojo, que su abuelo fomentaba alimentando su imaginación con antiguas leyendas de dioses y héroes al son de su preciado acordeón que contenía, nunca se cansaba de repetirlo, todos los sonidos del mundo. No sabía el anciano, perteneciente a esa cada vez más escasa estirpe de la buena gente, cómo sus tiernas enseñanzas conducirían la vida del intrépido niño.
Sin perder en ningún momento la gravedad del gesto pasó Sanjin por varias instituciones y familias que completaron su truncada infancia hasta que se sintió dueño de sí mismo y lo suficientemente crecido para poder pasar desapercibido en el mundo que le había tocado vivir. Afortunadamente era un chaval espigado que se había entregado al deporte con verdadera pasión. Era el mejor refugio ante la innumerable cantidad de padres y funcionarios que había acumulado a lo largo de aquellos años. En su interior sabía que su vida iba a ser una carrera dura y por ello se convirtió en una promesa del atletismo. O tal vez, el ser un excelente corredor, se debiera, tan solo, a las continuas carreras que se habían convertido en seña de identidad de todos los intentos, por parte de educadores, padres, funcionarios y profesores de que se encaminara y, de alguna manera; no perdiera la felicidad infantil de sentirse parte de una familia. No lo lograron.
Contaba quince años el mozo cuando, una noche de primavera, provisto de una pequeña mochila de deporte y el viejo acordeón de su abuelo, salió huyendo de una acomodada familia que vivía en una granja cercana a las colinas de los bosques de la ciudad. Contaba con algo de dinero para montarse en un tren y desaparecer buscando el mar. Emprendió la marcha a pié caminando paralelo a la carretera entre árboles, arbustos y viñedos. No sabía muy bien dónde se dirigiría, pero sí sabía que yendo hacia el sur el clima se hacía más benévolo y eso le beneficiaría a la hora de dormir al raso, tanto por el frío que pudiera pasar como por la ropa de abrigo que podía llevar: un sencillo saco de dormir que había perdido la mayoría de sus plumas en la infinidad de campamentos que había hecho. Caminaba ligero, feliz y orgulloso. Conocía muy bien la zona; fuera de donde fuera la familia que le acogía, él siempre intentaba ubicarse en el mapa y ver las mejores opciones de huida. Muy al contrario de lo que demostraba pues no era la Geografía una asignatura en la que destacara, es más, la suspendía habitualmente con el firme propósito de no dar pistas sobre sus planes.
Bien entrada la mañana llegó a un polígono industrial, consultó un plano y se subió a un autobús urbano. Se mostró natural sin hacer caso de las miradas que le pudieran hacer. Sabía que tenía que estar seguro y tranquilo. Como no se sintió observado empleó el tiempo en disfrutar del viaje sin apenas moverse, con la mirada puesta en la ciudad. No la conocía. Recordó a su abuelo y sonrió tímidamente, apretando contra sí el viejo acordeón. Se apeó en la calle Avedik, cerca de la estación de ferrocarril. Cuando entró buscó un banco donde sentarse para reconocer el nuevo espacio: lavabos, despacho de billetes, accesos a andenes, guardias de seguridad, policía, etc. Había mucha gente de un lado para otro y él tenía que ser como uno más. Una pareja de policías salía en ese momento a lo que le pareció el refugio de los fumadores. No le prestaron atención. En el puesto de información recogió con disimulo todos los folletos que pudo: horarios, rutas, precios… Entró en el lavabo, se miró al espejo y decidió asearse; estaba cansado y tenía hambre. Sentado en el retrete echó un vistazo a los papeles; tenía que trazar un plan, elegir una ciudad. Se compró un chocolate y unas galletas de vainilla y nueces. Salió de la estación y se dirigió a un pequeño parque. Se sentó en un banco, no sin antes haber comprobado que estaría tranquilo para tomar la decisión más acertada.
Pensó que viajando en tren sería más difícil que dieran con él. Era bastante más caro que el autobús y por eso estaba confiado de que no sería por allí por donde empezarían a buscarle. Su familia no sabía que contaba con un dinero que había ido guardando como una hormiguita propina a propina. Calculó que si se administraba bien, durante una semana podría estar tranquilo sin tener que preocuparse de dónde sacar el dinero para comprar comida. Su prioridad ahora era alejarse lo más posible y estar en otra ciudad antes de que llegara la noche. A dos horas y media había una ciudad universitaria bastante importante. Siempre sería más discreto moverse entre gente joven. Comprobó que estaba situada en la dirección correcta y que el billete más barato estaba dentro de sus posibilidades Faltaban más de tres horas para que saliera el próximo tren. Tenía tiempo de sobra, tenía que conseguir comida para pasar el día, comprar el billete, llegar a buena hora y encontrar un lugar donde poder pasar la noche. Sin perder de vista la estación buscó un supermercado que no estaba demasiado concurrido. Compró pan de semillas, embutidos, algo de fruta y una botella de agua que podría rellenar sin ningún problema. Entró en la estación y se dirigió a la máquina expendedora de billetes como si lo hubiera hecho toda la vida, había cuatro jóvenes delante de él que le infundieron tranquilidad. Se comparaba con ellos y veía que no había tanta diferencia. Con el billete en la mano buscó un banco donde poder sentarse y vigilar sin que se le notara. Enseguida localizó a la pareja de policías que caminaban tranquilamente por la estación mirándolo todo con descaro. Parecían bastante aburridos. Se levantó y caminó deprisa intentando no darles el entretenimiento que, quizás, andaban buscando. No tuvo ningún problema cuando acelerando el paso se cruzó con ellos. Se unió a un grupo de forma solapada sin perder de vista a los policías. Cuando se acercó la hora de salida se encaminó hacia el andén con la despreocupación del que toma el mismo tren a diario; el señor que le pidió el billete le miró a los ojos, Sanjin le devolvió la mirada sin acobardarse y subió al tren. Cuando por fin se sentó respiró profundamente. Cogió una revista que había en el suelo. Sonrió al ver que se trataba de una revista turística de la ciudad a la que se dirigía. Le echó un vistazo buscando qué opciones le ofrecía para pasar la noche. A medida que avanzaba el tren se fue acomodando más y más en el asiento hasta que acabó por sumirse en un sueño reparador con la revista sobre la cara. Descansó. Le despertó el bullicio de un grupo de estudiantes. Comprobó que todo estaba en orden e intentó averiguar cuánto tiempo faltaba para llegar.
-Has dormido bien, se veía que estabas profundamente dormido.
Una señora bastante mayor se había sentado a su lado sin que él se hubiera dado cuenta.
-¡eh! Sí, lo necesitaba. Sabe si falta mucho.
– Veinte minutos más o menos. ¡Ay! La vida del estudiante…
Sanjin se levantó y fue al lavabo a refrescarse. Era cierto, tenía cara de haber dormido profundamente y volvía a tener hambre. Cuando volvió al asiento le ofreció una manzana a la señora sabiendo que la rehusaría. Se comió la manzana tan limpia como rápidamente ante los ojos sorprendidos de la señora que abrió su bolsa de viaje.
-¿Te apetece un pastel? Se los hice a mi nieto que tiene la misma edad que tú… cumple dieciocho mañana. Así me dices si me han quedado ricos.
-Gracias, está delicioso.
Sanjin se alegró mucho de lo que acababa de decir la señora. Realmente se sentía mayor, pero se enfrascó en la revista y se detuvo en la página que hablaba del parque más antiguo de la ciudad.
-¡Qué recuerdos me trae ese parque! Allí se me declaró mi difunto esposo. ¿Lo conoces verdad?
-Sí, claro.
Mintió Sanjin sin ruborizarse al ver que la señora, en su ignorancia, podría servirle de ayuda.
-Mis padres me llevaban de niño… hace mucho que no voy…
-Ahora lo han arreglado, un parque con tanta historia se lo merecía. ¿Sabías que antiguamente estaba el palacio real justo en medio? ahora ya no queda nada… desapareció cuando la guerra. Lo han remozado y bien que se nota, yo dejé de ir porque me daba pena y además no podía una sentarse en ningún banco.
-Ah.
-Sí, ahora da gusto sentarse a tomar el fresco las noches de verano. Es como mágico, con la iluminación que le han puesto tienes la cantidad de luz justa para charlar con las amigas y no tener la sensación de estar a oscuras. Dicen que es especial para no molestar a los animales. ¿Sabes? A mí me gusta mucho ir con mis amigas cuando vuelvo a la ciudad y hace buen tiempo… ¡Ay! Pero estarás pensando que a ti qué te importa… si es que con la edad las mujeres nos ponemos chochas con los jóvenes…
-No se preocupe. Creo que estamos llegando. ¿Quiere que le ayude con la maleta?
-Me viene a buscar mi hijo. Además vas bastante cargado. ¿Un acordeón? ¡Qué bonito!
-Sí. No se preocupe, puedo bien.
Sanjin acercó la maleta de la señora a la puerta que le dio las gracias efusivamente deseándole suerte en la vida. Se sintió bien, eran las primeras palabras que cruzaba con alguien y además el pastel sí que estaba delicioso.
Entró en los lavabos y se sentó en un retrete para revisar la revista con calma. Sólo allí estaría totalmente tranquilo. Por las fotos se veía bastante frondoso y como hacia una temperatura muy agradable no le dio más vueltas. Esa noche dormiría en el parque. No le asustaba en absoluto, era la ocasión perfecta de demostrarse a sí mismo la utilidad de lo aprendido en los campamentos de verano. La revista contenía un pequeño plano de la ciudad y no parecía que estuviese muy alejado de la estación. Salió decidido del lavabo y cruzó la estación sin detenerse. No había demasiada gente y el guardia de seguridad estaba entretenido con un viajero que parecía extraviado. Sabía que siguiendo por la calle que daba a la estación, tarde o temprano, aparecería una entrada al parque. Su intuición le decía que no podía descuidarse: a pesar de ser temprano tenía que estudiar bien el parque y elegir un sitio apartado para poder descansar. Estaba seguro de que podría lavarse a conciencia en una fuente e incluso lavar la muda, era mejor dejarlo hecho ya que no sabía cómo se le presentaría el día siguiente. Además era un chico muy limpio y no estaba dispuesto, pasara lo que pasara, a dar una imagen de abandono. No se iba a permitir a sí mismo parecer un vagabundo desorientado como los que aparecían en las películas.
Entró en el parque por una entrada lateral. Efectivamente era bastante frondoso y tenía innumerables caminillos por los que paseaban parejas de enamorados de todas las edades, niños, mamás con sus carritos… como hacía sol estaba bastante concurrido. Localizó un par de fuentes de agua potable cerca de la zona de juegos infantiles. No veía policías por ningún sitio y eso le tranquilizó. Se dio cuenta de que el parque estaba vallado por una cerca no demasiado alta y un seto, tenía que averiguar si por la noche se cerraba y a qué hora. En un panel informativo leyó que permanecía cerrado desde las diez de la noche hasta las ocho de la mañana. Tenía que conseguir cartones que le hicieran de aislante del suelo que aunque no lo parecía, seguro que estaría húmedo. Decidió salir a buscar algún contenedor de cartón; rodeando el parque no corría peligro de extraviarse. Estaba contento y se movía muy atento cargado con su acordeón y su mochila. Se detuvo en una tienda de televisores: un joven estaba preparando un gran paquete de cartones que probablemente irían a parar al contenedor. Decidió esperar mirando los televisores encendidos del escaparate. En todos estaba puesto el noticiero, presidentes de países, políticos, futbolistas… sin entender muy bien porqué, en ese momento se acordó de su familia de acogida…-¿habrán denunciado la desaparición? ¿estarán bien?- Estos pensamientos se esfumaron cuando vio salir al joven con el carrito. Le siguió sin que se diera cuenta. El contenedor estaba muy cerca y eso le alegró. Estaba teniendo suerte. Se cruzó con el joven cuando regresaba con el carrito vacío que le miró con un descaro fuera de lo normal. No se asustó Sanjin, no era más corpulento que él y sería de la misma edad. Fingió no darse cuenta y cuando ya estaba a sus espaldas se volvió extrañado. El joven seguía mirándole sin ningún tipo de recato. Sanjin se volvió de forma automática y se echó un vistazo, no había nada extraño en su aspecto. No le dio más importancia y se puso a la tarea de buscar alguna caja en la que pudiera meter el acordeón y algún cartón más. En caso de tener algún encuentro no deseado siempre podía decir que se estaba mudando de piso. Pensó que eso era habitual en las ciudades universitarias. No se equivocaba.
Regresó al parque con su carga. Había menos gente. Buscó un lugar discreto entre los árboles que estuviera lo suficientemente cubierto de vegetación para esconder lo que iba a ser su cama. Esperó a que no hubiera nadie por el caminillo para entrar y rápidamente ocultar las cajas vacías. Por nada del mundo dejaría el acordeón. Se sentó en un banco y se dispuso para comer un buen bocadillo de embutido. Estaba hambriento, se lo merecía. Cuando terminó todavía faltaba un buen rato para que se cerrara. Se colgó el acordeón, y allí, en su soledad, empezó a sacarle las melodías de su abuelo. Estaba tan concentrado que no notó que alguien había pasado y le había echado algunas monedas al suelo. Cuando terminó vio las monedas y miró a ambos lados… no había nadie. Recogió las monedas y se alegró. Ya contaba con esa opción para conseguir dinero, pero no tan pronto. Tocaba sólo por el placer que le daba.
La hora de que cerraran las puertas se acercaba. Creyó conveniente mantenerse oculto. Se imaginaba que algún vigilante se daría un paseo por el parque avisando a los últimos paseantes. Apenas se había acomodado entre unos matorrales cerca de una de las puertas cuando un hombre empezó a dar fogonazos con una linterna muy potente sin dejar de caminar. Afortunadamente para él ninguno le enfocó directamente a él. Se asustó un poco. Inmóvil, observó al vigilante cerrando las puertas con una cadena. Se tranquilizó cuando pasó muy cerca y continuó su camino rutinario. No obstante no se movió en la media hora siguiente. Tenía que estar seguro de que estaba felizmente encerrado. Cuando ya la posición era incómoda decidió salir de su escondrijo y realizar su propia ronda por el interior del parque yendo lo más cercano posible al seto y, así, comprobar que todas las puertas estaban cerradas. Tardó un buen rato en dar toda la vuelta, pero estaba dichoso, estaba encerrado y no se había encontrado con nadie. Se encaminó a una fuente. Se desnudó del todo y se lavó a conciencia lo más rápido que pudo para no enfriarse. Una vez seco, frotó la ropa sucia del día y se dispuso a buscar un buen lugar donde instalar los cartones. Optó por fabricarse un cubículo debajo de un banco con baldosines bastante grande, el suelo a su alrededor era de cemento y estaba bastante escondido dentro del parque. Se metió en su saco y cayó en un profundo sueño casi de inmediato.
Apuntaban las primeras luces del alba; un extraño sonido le hizo abrir los ojos. Se quedó quieto. Una juguetona ardilla intentaba extraer la bolsa de su comida del interior de la mochila. No quería dejarse robar, pero dedujo que si la ardilla estaba tan concentrada no había nadie por allí cerca salvo él. Afanosa, la ardilla estaba a punto de salir disparada con la bolsa; desconfiada, se quedó como congelada mirándole a los ojos. Se alejó un poco, sabía que se había despertado, pero volvió a acercarse como para asegurarse y con un gran salto al tronco de un árbol, desapareció confundiéndose entre sus ramas. Tras aquel simpático amanecer, Sanjin trazó el plan del día sin apenas moverse; hacía frio. Tomaría un tren a otra ciudad en dirección sur. Desayunaría algo caliente en la estación. Procedería igual que la noche anterior: esperaría al vigilante escondido entre los árboles y poder salir del parque camino de la estación como si nada hubiera pasado. Pero todavía faltaba mucho tiempo y se volvió a quedar dormido no sin poner a buen recaudo su comida.
Bien distinta fue la siguiente visión. Una moto y unas botas de policía. Mantuvo la calma. En menos de quince minutos estaba en una comisaria dando explicaciones a un funcionario que intentaba localizar a su familia.
Regresó a la misma familia. Su comportamiento siempre había sido bueno salvo cuando les sorprendió con su huida. La vida en la granja no estaba tan mal así que decidió esperar a ser mayor de edad para emprender la búsqueda de nuevo. Aprovechó bien aquellos años con el atletismo, ganando en repetidas ocasiones competiciones de renombre. También aprendió a tocar a la perfección el acordeón y destacó en idiomas. Sanjin sabía muy bien lo que se hacía. El año que, por fin, dejó de suspender Geografía, le regalaron un perrillo sin raza conocida que inmediatamente se convirtió en su mejor compañero. Le llamó Natalio, Nat para los amigos.

>ELOELLA

>

Se encontraron en el centro entre el barullo urbano de media mañana. Era lunes. Había pedido una hora en la oficina para dejar cerradas las vacaciones de sus padres. Llevaba prisa. Al salir de la agencia de viajes se encontró con el presidente de la comunidad que le habló apresuradamente de los problemas que había tenido con los pintores que habían contratado. Se limitó a asentir sin escuchar delante de un café que no se enfriaba. Cuando por fin se despidió del presidente comprobó que tenía el tiempo más que justo para reincorporarse al trabajo sin tener que soportar la mirada censora de su jefe. Llegó al portal con la agitación que esas situaciones no deseadas provocan.
-¿Hola?
Tardó en reconocerle. Tuvo que mirar dos veces para cerciorarse de que era él. Habían pasado muchos años y habían sido muchas las experiencias que habían cambiado su vida. Sin embargo no le había olvidado y allí estaba: se había convertido en todo un señor, todo su cuerpo había ensanchado de forma ostensible, pero conservaba la mirada pícara que siempre le había caracterizado, tal vez un poco más escondida entre los abultados párpados, y unas cejas pobladas que le daban, en general, un toque de maldad. Para él también había pasado el tiempo y los cambios no solamente se habían producido en su cuerpo, se le apreciaban en la cara. Vestía un traje gris que parecía de marca, se notaba que la corbata llevaba bastante tiempo fuera de su lugar. Sus manos le parecieron impecables. Siempre le habían encantado esos dedos largos que se apretaban contra su mano en el bolso del abrigo los días de invierno. Portaba una pequeña maleta de fin de semana color marrón y por las arrugas del traje no era difícil adivinar que había pasado varias horas conduciendo.
-¡Eres tú! ¡Has vuelto!
– Sí.
-No puedo llegar tarde… trabajo aquí…
-Está bien. ¿Comemos?
-Eh… vale… salgo a las dos…
-Encantado de verte…
Continuó su camino contestando sin mirar hacia atrás.
-Igualmente.
Pasó el resto de la mañana intentando concentrarse. Tenía que cuadrar un balance más que importante para que la empresa continuara a flote, y de alguna manera,  su permanencia en ella fuera duradera. El encuentro fortuito con él había desbaratado su capacidad para resolver problemas ineludibles; es más, su sabia intuición le decía que vendrían otros que pensaba que tenía superados. El aluvión de imágenes del pasado llegó cuando el primer intento por cuadrar números fallaba. Era como si tuviera necesidad de enfrentarse a un pasado no resuelto, casi olvidado. Tenía claro que eso le daría claridad a su mirada para enfrentarse a las cuentas con ánimos renovados.
-¿Por qué ha vuelto precisamente ahora? Y… ¿Para qué? ¿Ha sido casual? No, no puede ser…algo busca…
Se conocieron muchos años atrás. Su familia solía pasar largas temporadas en la casa que su madre había heredado en Cullera. Tuvo una adolescencia y juventud privilegiada, se pasaba el invierno en la pequeña y fría ciudad del páramo castellano añorando las playas valencianas con sus, en aquellos años, escasos turistas ingleses, alemanes, franceses… Era la envidia de la cuadrilla que en más de una ocasión se había desplazado, casi al completo, a la costa valenciana aprovechando la hospitalidad natural de sus padres. No pudo evitar una sonrisa de satisfacción al recordar aquellos veranos en los que despertaba a los placeres de la vida sintiéndose libre en un pueblo que crecía de año en año y que nada tenía que ver con la anodina y conservadora ciudad castellana.
-¿Cómo vas? ¿Va cuadrando?
-Eh… no, todavía no, estoy en el segundo intento.
La voz de su jefe rompió la dulzura del recuerdo. Intentó recuperar el gesto serio que la cuestión requería.
-A mí tampoco me cuadra. A ver si entre ambos logramos ver la luz. No es necesario que te diga la importancia que tiene…
-No, no es necesario. Es mucho lo que nos jugamos.
-Bien. Sea como sea, antes de terminar la jornada reúnete conmigo con lo que tengas.
-De acuerdo. Lo haré lo mejor que pueda.
-Lo sé.
Volvió a sus números enfrentándose a ellos con la firmeza que siempre había demostrado en los múltiples trabajos que había tenido. Pero no habían pasado cinco minutos cuando los recuerdos atacaron de nuevo conduciendo su mente a un mundo muy alejado en el tiempo que nada tenía que ver con el presente. Tan fuerte había sido la impresión causada por el encuentro.
Se conocieron en una de aquellas excursiones veraniegas de la cuadrilla. Él era primo de uno de sus mejores amigos del instituto. Sus tíos decidieron acogerlo con los brazos abiertos cuando en un trágico accidente de tráfico perdió a sus padres. Era hijo único y con su primo siempre se había llevado muy bien. Era de un pueblo cercano y el próximo curso lo empezaría en el instituto. Toda la cuadrilla lo aceptó de inmediato, sensibilizada por lo dramático de su situación. Él se dejaba llevar, pero se mostraba siempre distante, taciturno y sensible. No era especialmente hablador y se refugiaba en la lectura concentrada de Herman Hesse. En aquellos tiempos era uno de sus autores favoritos.
Poco antes de las dos colocó todos los papeles y se dirigió al despacho de su jefe. No había conseguido nada tras el segundo intento.
-No es necesario que me digas nada. Yo tampoco he conseguido ver claro. Estoy ofuscado por el cansancio y el estrés. Necesitamos airearnos para ver con claridad. Intenta descansar y puede que mañana lo solucionemos, aún tenemos margen de tiempo.
-De acuerdo, tienes razón. Necesitamos descansar… hasta mañana.
-Hasta mañana.
Respiró con alivio cuando entró en el ascensor. Sin embargo otras preocupaciones rondaban por su cabeza. Dudaba de si la aparición de media mañana en el portal había sido real o tan solo era la proyección de un deseo recuperado al pasado.
-¿Cómo puede ser que después de tantos años me cree esta inquietud? ¿Tan poco he cambiado? Debo mantener la calma… no me puedo mostrar vulnerable… no sé…
-¡Hola!
-¡Hola!
Se saludaron con dos discretos besos en las mejillas. Había mejorado su aspecto, había pasado por la ducha y vestía con un aire más juvenil.
-Salgamos de aquí por favor… necesito un poco de aire. Fue muy dura la mañana.
-Comprendo… caminemos… ¿Por dónde?
-Vayamos por la ribera del río, la temperatura es muy agradable y al lado del último puente hay un restaurante muy agradable.
-Perfecto. ¿Cómo estás?
-Disculpa… avisaré a mis padres para que no se preocupen.
-Sí… soy yo… no, no pasa nada. No me esperéis a comer… que no, es solo que tenemos que acabar un trabajo urgente en la oficina…no te preocupes. Sí, ya está solucionado… sí, la próxima semana… un beso.
-Sigues mintiendo a tus padres… ¿Cómo están?
-No ya no les miento, es solo que si les digo que estás aquí no me hubieran perdonado que no te llevara a casa… ¿quieres que vayamos a comer con ellos?
– Mentiría si te dijera que sí… pero no me importaría, claro que no, siempre fueron muy cariñosos conmigo.
-Sí, siguen siendo buena gente. Están bien, con los achaques normales de la edad. Los años han pasado para todos.
-Sí, pero tú te mantienes muy bien. ¿Hiciste un pacto con el diablo?
-¡Claro! Ja, ja, ja, ja…
Sonreía por primera vez.
-Es cierto… te encuentro genial.
-No te creas… mi cuerpo también ha cambiado…
-Bueno… pues ya ves yo… ni sombra del cuerpo atlético que tenía. Pero estoy bien, contento dentro de él aunque tendría que vigilar lo que como…
-¿Qué te ha traído de vuelta? Es evidente que algo relacionado con el trabajo… o… ¿vistes de traje todos los días? Lo dudo, habrás cambiado en todo lo demás pero en eso…
-Bien… en realidad estoy por trabajo… como sabes elegí la arquitectura como medio de vida. No me fue mal, tuve suerte de empezar en unos años en los que había que construir, remodelar y restaurar a toda costa. Sabes… es muy posible que acepten mi proyecto para restaurar la ermita y sus alrededores… nuestra ermita… ¿recuerdas?
-¡Eso sería genial! No tenía ni idea. Hace mucho que no me acerco, mucho… pero sé que necesita arreglos urgentes… está casi en ruinas… sí, nuestra ermita… lo pasamos muy bien entre sus viejos muros…
-No lo dudé un momento, cuando me enteré del concurso público me puse a ello con todas las ganas. Y ahora no puedo contener el nerviosismo, realmente tengo posibilidades. Hoy tenía que presentar el proyecto. Acababa de hacerlo cuando te encontré. Podría ser una señal…
-¿No hubieras hecho por verme?
-Seguramente no, hubiera esperado a saber el resultado… no sé qué hubiera hecho… no te voy a mentir…
Él seguía siendo sincero. Al escucharle comprendió que conservaba ese ímpetu espontáneo que le había caracterizado de jovencito siempre que emprendía algo con verdadera ilusión.
-En eso no has cambiado.
-Eh…
-La alegría que le echas a las cosas que emprendes.
-Siempre. No podría ser de otra manera. Tú… ¿ya no?
-Si hombre, pero a veces me cuesta y hoy ha sido un día duro. Problemas de trabajo. He pasado por tantas empresas que cada día que pasa y pienso que tarde o temprano me tocará empezar de cero una vez más… de alguna manera me entristezco. Necesito descansar.
-¿Necesitas ayuda económica? No puedo decir que me vaya del todo mal en estos tiempos que corren y si necesitas algo… ¿es necesario que te lo diga?
-No es por el dinero…afortunadamente conservamos la casa de Cullera de mi madre y como ellos ya están mayores han optado por el mundo de los balnearios. La tenemos alquilada todo el año. Eso es una garantía si llegara a una situación desesperada. No, no es por dinero. Gracias de todos modos.
-¡Cuántos buenos recuerdos!
-Muchos y muy buenos… ¿Te casaste?
Decidió cambiar el rumbo de la conversación. Sabía de su vulnerabilidad frente a la nostalgia.
-¡…eh! Sí, la verdad es que sí. Fue divertido… pero duró muy poco…Je, je, je, je. Te cuento, fue el año que por fin nos pudimos casar los homosexuales. Con la alegría por la nueva ley decidimos casarnos. La verdad es que nunca antes habíamos contemplado esa posibilidad. Roberto y yo llevábamos un par de meses disfrutando de un enamoramiento, digamos, violento, pasional. Después de la boda se fue enfriando de la misma manera que se había calentado. Pero nos casamos, y con las mismas nos divorciamos. Ahora somos muy buenos amigos, de verdad, la ruptura siguió un proceso natural, sin estridencias ni sorpresas. No me arrepiento y como te digo fue muy divertido.
-Te imagino… Je, je, je, je. Yo también me casé y me divorcié. Te aseguro que no fue un camino de rosas… hace unos años en esta ciudad todavía te miraban por la calle. Mis padres me dieron todo su apoyo, pero son de la generación que son y, la verdad, no fue fácil. Pero ya pasó… está superado. Tengo una hija que me idolatra, por cierto, está a punto de acabar arquitectura. Vive en Madrid y nos vemos con cierta regularidad. Tenemos una relación muy fluida.
-Sabía que te habías casado, pero nada más. Lo importante es que ahora estás… más o menos bien.
-De verdad que estoy bien. No hagas caso de lo que te diga… tan sólo fue un duro día de trabajo.
-Ya. ¿Y el resto de la cuadrilla?
Fue él quien recondujo la conversación. Sabía muy bien por dónde atacar para que no decayera la alegría del paseo.
-Dispersa por el mundo. Rara vez nos vemos, únicamente en los funerales. Aquí solo quedo yo. Tu primo hace mucho que no viene, le va muy bien en la Universidad de Columbia. Me alegré mucho cuando se fue… siempre hablaba de Nueva York con mucho entusiasmo.
-Sí. La última vez que le vi fue hace tres años. Yo estaba en un congreso y aunque me gustó mucho el encuentro, no le reconocía. Se ha convertido en un auténtico yanqui je, je, je. Estamos en contacto vía correo electrónico. Se tendría que haber convertido en algo parecido a un hermano, pero no fue así. Fue cuando me fui a estudiar fuera cuando aprendimos a confiar el uno en el otro. Sus padres eran y siguen siendo bastante retrógrados; pero hicieron mucho por mí cuando mis padres… no regresaron… disculpa… siempre me emociono.
Le puso la mano en el hombro, intentando que no fuera más allá. Lo que menos quería en aquellos momentos era deshacerse en lágrimas; aunque, tal vez, fuera lo que más necesitaba.
-En eso tampoco has cambiado.
-Sí, a veces me apetece llorar en silencio, así sin más. Solo por el placer de llorar.
-Ya, y por darle a tus preciosos ojos un brillo especial. Yo sabía siempre cuando habías llorado. Me lo decías con la mirada.
-Sí, ese era nuestro secreto. Me encantaba mirarte y abstraerme en tus ojos.
-Mira al frente que te vas a dar con un árbol.
-Disculpa… por un momento… es como si hubiera vuelto al pasado.
-Vas a conseguir enternecerme y ya somos muy mayores para esos juegos…
-¡Bravo! He conseguido sacarte los colores. ¡Hay un ser humano ahí dentro!
-Sigues siendo un mal bicho…
-No quería molestarte. A veces me excedo…
-No me has molestado… es solo que… ¿cuánto tiempo hace? ¿veinticinco años?
-Más o menos…
-Apareces de la nada y te comportas como si hubiera sido ayer, y me gusta, de verdad… pero, no sé, había olvidado cómo eras… y, sin embargo, sigues siendo el mismo… yo, sin embargo, me he dejado absorber por el carácter castellano… he cambiado…
-Todos hemos cambiado, no te vayas a pensar… ocurre que cuando te vi está mañana decidí al instante que tenía que verte… saber de ti… hablar del pasado…
-Sí claro. Aquellos años. Aquel mes de septiembre… no sabíamos lo que nos pasaba, yo lo supe en cuanto dejé de verte a todas horas… eran otros tiempos… estudié económicas, me casé y tuve una hija… cumplí las expectativas de mi familia y sin embargo… no conseguí una felicidad que pudiera mantener para siempre. Ahora solo sonrío cuando veo a mi hija con sus ilusiones, sus proyectos, sus amores; lo demás tan solo es apariencia… como diría el poeta, me habita invisible la tristeza en la sonrisa de los otros…
Era la primera vez en mucho tiempo que hablaba con el corazón. Se sintió mejor. Apareció su media sonrisa.
-Te sigue gustando la poesía… eso quiere decir que no has cambiado tanto…
-Que me guste la poesía no tiene nada que ver…
-Yo me fui a Madrid en cuanto pude, huyendo de la tutela de mis tíos como sabes.
-Cierto.
-Pero no te creas… tuve que afrontar decisiones complicadas para poder mantener una vida digna. Tuve que deshacerme de las propiedades, las tierras que tanto trabajo les habían dado a mis padres. Así pude acabar la carrera y vivir más o menos bien. La lucha con mis tíos no fue una tarea fácil. Renuncié a su ayuda. Les hice mucho daño cuando no pudieron hacer nada para detenerme. Opté por tomar las riendas de mi vida dejando de lado todo lo que habían tratado de inculcarme. De haber seguido por su camino ahora sería un cura de pueblo, piadoso y bueno…
-Je, je, je, je… Fue sonada la que preparaste… se habló mucho en aquel entonces… eras el tema de todas las conversaciones. Yo me refugié en mis estudios, dejé de salir con la cuadrilla y en cuanto podía me iba a Cullera, solo allí me sentía libre de las miradas ajenas. Nuestra relación… había sido tan… estrecha…
-Sí… estábamos emocionalmente muy confundidos. No estábamos preparados para aceptarnos a nosotros mismos… el peso de una sociedad anclada en el puritanismo más provinciano negaba cualquier posibilidad de ver una puerta abierta, un forma diferente de vivir la vida.
-Poco a poco eso fue cambiando…
-Afortunadamente somos testigos de ese cambio. No solo huía de mis tíos cuando decidí romper con todo. Decidí construir el mundo en el que quería vivir y para ello nada mejor que Madrid… no tuve que construir nada porque se estaba construyendo solo. El Madrid de aquellos años fue como un paraíso, yo llegaba de rezar rosarios y escuchar misa a diario, muy confundido, pero ávido por conocer a iguales…
-Fue un acto de valentía aceptarte, yo ahora me alegro… pero entonces… me refugié en mis estudios de económicas, me enamoré pensando que sería para toda la vida y cuando llegó mi hija no tuve ojos para el mundo que estaba cambiando.
-Tomamos caminos diferentes. Pero no creas… tuve que mantener mis objetivos muy presentes siempre para no perderme en el mundo de las drogas y de la noche madrileña y eso sí que se lo debo a mis tíos. Mi prioridad siempre era acabar la carrera y encontrar un buen trabajo. Compaginaba clases, horas de estudio con todo tipo de trabajillos ocasionales y además no dejaba de ir a conciertos, exposiciones y lugares donde saciar mi hambre de sexo…me costó mucho tener mi primera relación estable… nunca estaba seguro de que lo que sentía fuera auténtico… había algo que me impedía verlo…
-Lo conseguiste, tienes el mundo que querías a los veinte.
-Ja, ja, ja, ja. A los veinte no tenía ni idea… tan solo sabía que no quería formar parte de lo que mis compasivos tíos me ofrecían…
-Yo cumplí con lo que se esperaba de mí y romperlo fue traumático, no fui yo quien lo rompió… y ahora se lo agradezco.
-¿El divorcio?
-Sí. Sencillamente desapareció… sin más. Yo hablo de mi divorcio, pero nunca existió. Un día no regresó. Tardé meses en asumir que no iba a volver. Fue gracias a mi hija, creciendo con ella, como me redescubrí construyéndome.
-Poeta.
-Sí… algo escribo. Una vez más Cullera se convirtió en el espacio donde ser feliz de nuevo… Lo del divorcio fue una invención de mi madre en su afán por no dar explicaciones: “No quiero que te saquen cantares” me repetía una y otra vez… llegó un momento en el que acepté el juego. Es muy testaruda. Desde entonces nunca más se habló de mi ex en casa…y eso, la verdad, fue un gran alivio; bueno a mi hija se lo fui edulcorando lo mejor que supe y no lo debí de hacer mal, nunca supuso un trauma para ella.
-Me gustaría conocerla. ¿Podré?
-Sí. Puede ser bueno que os conozcáis, sois colegas. Tu experiencia le dará luces a su vida, sin duda.
-Estaré más que encantado de ayudarla en lo que sea.
-Te lo agradezco de antemano. ¿Quiere eso decir que te voy a tener cerca?
-Sí. ¿Sabes? Me encantaría reconstruir nuestra ermita.
-Le hace mucha falta, ya entonces estaba en ruinas…
-Aunque no me den el proyecto me encantará reconstruir nuestra ermita.
-¿Nuestra?
-Sí. No he olvidado las largas conversaciones que manteníamos y aquellos furtivos… Sí, me encantará aprender a quererte reconstruyéndonos, como dirías tú.
-¡Félix!
-Emilio.
-A mí también me encantará. Disfrutemos de ello entonces. ¡Dame un beso de verdad coño!

>ESTÁS MUJER.

>

-¿Estás? ¿Mujer? No tuviste tiempo de avisar… ¿Qué te pasó? Ya sabes que no tienes más que llamar…venga un beso eh… arriba…
-Gracias.
-Deja que te vea… mírame, regresa… estoy aquí tan sólo para ti.
– No es eso lo que quiero para nosotros. ¿Cómo no mirarte? Eres lo mejor que tengo. Tranquilo no es el amor…o sí… no sé… … está vez no… quedamos en que nunca más…
– Mejor, así sé que eres dueña de tus actos… ¿qué es?
– No tengo nada, o si… sólo necesito tenerte cerca…
– Te quedas en casa. ¿Sola?
-Ya te dije… lo que ves…
-Bien, nos disfrutaremos con calma esta vez. ¡Bienvenida!
-¡Cómo darte las gracias!
-No tienes que darme nada ahora. Vamos… Ya me has dado bastante… ¿no crees? Esto sólo es un gesto de viejos y buenos amigos. Ya conoces mi incondicionalidad.
-Te quiero.
-Nos queremos. Y bien… ¿hablamos mientras tranquilamente en casa nos comemos… algo habrá… con una botella de vino?
-Lo estoy deseando. ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos?
-Siempre es demasiado… pero seguimos estando y eso es lo bueno de nuestra relación…
-Sí, eso siempre fue lo mejor, a pesar de que a veces a ambos nos costó entenderlo… ¿cómo está tu corazón?
-No está solo… pero no has de preocuparte… sabrá quererte como yo te quiero. Regresa en unos días. Ya sabe de ti… de nosotros. ¿De dónde sales? No recuerdo…
– He dado tantas vueltas… Salí por pies de una tienda de alta bisutería en el centro de Barcelona. Resultaba artístico intentar vender collares malos disfrazados de una belleza fugaz. Tres puestas y perdían todo el poder de seducción. La clientela sabía… cómo no, los utilizan para ocasiones especiales, pero jugaba a no querer saber, a dejarse seducir por mis dotes para la venta. Esas ya sabes que son buenas. ¿Recuerdas los mercadillos?
-¿Cómo olvidarlos? Eras la mejor…
-Pero era diferente. Aquí me tenía que restaurar a diario.
– Coqueta, tampoco te habrá importado. Me encantaba ver cómo te aplicabas los barros.
-Sí, pero ahora de forma mecánica cada mañana… tan solo por dibujarme una sonrisa sincera.
-Eh… la sigues teniendo… a mi no me engañas…
-A ti no me cuesta, hasta es necesaria. Vendiendo collares bonitos pero mediocres es obligatoria y a veces… … además mi jefa, sin que a mí me molestara no dejaba de… a su manera quererme…
-¿Tu jefa?
– Sí, es una marica loca con dinero, ya te dije… del centro. Pero buena…Albert… es como suena el nombre… ¿no sé si me entiendes? Indeciso hasta el final. Divertido. Pero nada tonta; como le funcionaba muy bien quiso alargar la relación laboral. Pero no me ofreció un contrato maravilloso… no. Empezó por introducirme en su círculo de fiestas, amigos, clientes y eventos. Disfrutaba, pero tenía miedo de sentirme atrapada en un mundo falso, de poco mérito… de apariencia… ¡vah! Ya sabes cómo te digo tontorrón.
-Decidiste preservar tu autenticidad.
-Yo no lo hubiera dicho mejor. Con eso hubiera podido vivir… la autenticidad a veces queda para compartirla con los amigos.
– ¿Has podido todos estos años?
-Sí, sucumbí, como todos a la necesidad de tener que vivir de algo. Empleando mi facilidad para relacionarme como la vía más fácil… siempre he trabajado de cara al público… vendiendo… no te podrías hacer una idea. Irás sabiendo poco a poco, acabemos con Albert. No contento con tenerme como su amiga quiso emparejarme con todos y cada uno de sus amigos heterosexuales solteros.
-¡Ah! Algo había…
-Sí, claro que sí… pero ninguno que tuviera más fondo que una caja de zapatos de marca.
– Sigues siendo una mujer preciosa.
-Adulador. Reconozco que he tenido amantes tan intensos como buenos. Pero sabes que el sexo es algo que no tengo problema en encontrar, para mi desgracia no dejo de cruzarme con hombres que gotean como un jamón al curarse. El problema es que casi siempre el jamón me sale salado.
– Eso sí que es ser gráfica.
-Lo sabes tan bien como yo…
-Sí, así es… ¿y qué te pasó?
-Se trata de un joyero…
-Claro, ¿no te valía con una bisutera?
-No seas malo… el error de Albert fue que pensaba que me impresionaba con su mundo de fantasía en flor, cuando lo que tenía que haber hecho era ofrecerme una mejora de contrato. Me la merecía… concentré todas mis energías en su pequeña tienda durante seis meses… ¡no hacía otra cosa! Me gustaba disfrazarme de amiga que aconseja sinceramente sobre un complemento… ¿te das cuenta cómo he cambiado? No me siento mal por ello… o tal vez sí… no sé… ¿Acaso no hemos cambiado todos?
-Eso es cierto… pero lo importante es no perder el principio, saber que a pesar de esas concesiones que todos hacemos, el fondo sigue siendo el mismo; que somos capaces de escapar de ese mundo construido en falso para recuperarnos… ¿es ese tu caso?
-Sí…bueno… no… No he venido para hablar de mis principios… o tal vez sí… … El joyero en cuestión es un buen mozo de treinta y cinco años de aspecto… digamos reluciente… siempre como recién depilado, dorado por los rayos uva en invierno y algo más tostado por el sol en verano, perfumado en la justa medida, vestido en cada ocasión como corresponde, ajustándose, por supuesto, a los cánones de las últimas tendencias. Todo un figurín por fuera que gana al desnudarse… te confieso que no he visto cuerpo mejor hecho… eso sí, esculpido en largas sesiones de gimnasio, pero sin llegar a ser un vigoréxico…dentro de los límites de la normalidad, como suele decirse con todas las cosas en su sitio.
-Un adonis… ¿existen todavía?
-Sabes que sí… Tanta perfección no podía ser cierta… amigo de Albert, sin una mujer cerca… ¿recuerdas aquello de “ancho de espaldas y estrecho de culo maricón seguro”?
– Jejejeje.
– Pues eso… me limité a disfrutar de nuestros encuentros, en fiestas y celebraciones descartando cualquier tipo de relación que fuera más allá de unas risas, de unos comentarios más o menos acertados sobre las últimas creaciones en joyería; me equivocaba… con mi sincera indiferencia no hacía otra cosa que alimentar su interés por mí… no estuve despierta en esta ocasión, no supe verlo…
– Es eso lo que te duele. Tienes experiencia suficiente para saber por dónde y cómo caminar segura y, al parecer, esta vez tu sabia intuición te ha fallado…
– No, no es eso…me sorprendió más bien. Es cierto que mi intuición me falló, o él supo despistarme refugiándose en su imagen pública.
– ¿Qué ocurrió para que salieras de tu ceguera?
– Me invitó a una cena íntima en su casa. Nada formal… muy al contrario… me recibió completamente desnudo, tan sólo un simpático mandil con la imagen de Marilyn envuelta en su vaporoso vestido luchando con la corriente del conducto de ventilación del metro de Nueva York. Confirmé lo que ya intuía… estaba cañón. Pero no podía ni imaginar lo que vendría después. Ante aquél recibimiento decidí ponerme cómoda sin preguntar, sin hacer ningún comentario. Me desnudé. La cena fue bien, me conquistó con una buena botella de vino y un bacalao que parecía caramelizado; después pude comprobar que no era sólo el punto del bacalao lo que dominaba. Me dejé llevar por una conversación que versó sobre lo divino y lo humano, su vida, su familia… de alguna manera se desnudó ante mí mostrándose tal y como era, tal y como deseaba vivir. Quería abandonarlo todo… huir y empezar de nuevo lejos, lo más lejos posible de aquel mundo de diamantes y dinero.
– ¿Contigo?
– Eso vino a la mañana siguiente, después de una noche de pasión que no olvidaré nunca. Es uno de los mejores amantes que he tenido…
– Veamos… dices que no es el mal de amores lo que te ha traído de regreso, que no tienes nada y sin embargo te muestras enamorada…
– Había olvidado que no es la paciencia lo que te caracteriza. A la mañana siguiente, como te decía, amanecimos abrazados y sin casi darnos cuenta, se nos fue el día. Era domingo. Fue como recuperar la ilusión, un proyecto de vida en común, una huida hacia adelante… De verdad que me hizo sentir como hacía años…
– ¡Qué bonito!
– Decidimos mantenerlo en secreto, nos veíamos a diario. Me mudé a su casa a los quince días… confieso que me enamoré. Llegué a pensar que sería para siempre… ¿te imaginas? Pero a pesar de esta ceguera me he mantenido independiente…quise probarme. Una noche que él tenía que estar con sus padres salí en busca de un amante ocasional. No me había tomado la primera copa y ya tenía un pretendiente totalmente entregado. Tuve sexo y estuvo muy bien. Fue en un hotel barato del centro. Regresé a casa contenta y satisfecha conmigo misma. No se había anulado mi capacidad natural para estar con otros hombres y sin embargo a él le quería. Volvía a ser como siempre.
– Los dos sabemos que no todo el mundo entiende esta forma de actuar. Querer sin tener que negarte a lo que pasa por delante de nuestros ojos sonriéndote… otra cosa es no tener necesidad de ello cuando estamos enamorados. Márquez lo expresó muy bien… ¿recuerdas la Diatriba? Hay que desconfiar por principio de las cosas que nos hacen felices, reírse de ellas porque si no, al final son ellas las que se ríen de nosotros…
– Buena memoria… Fue Albert, sin saberlo, quien me forzó, de alguna manera, a hacer pública mi nueva situación. Como ya te dije eran amigos. Yo me reía en silencio cada vez que me hablaba de él; se le encendían los ojos de deseo sin ocultarlo y yo bromeaba al respecto sin darle ninguna pista sobre nuestra recién estrenada relación. Quería que le acompañase a Amberes con el pretexto de no sé qué feria de nuevos creadores de joyería. Iríamos los tres… todas mis alarmas saltaron ante la mirada inquisitiva de Albert. Acepté la invitación intentando que no se me notara nada. No porque supiera de nuestro idilio, tarde o temprano se tenía que enterar. Él no me había dicho nada, no habían pasado ni dos horas desde que nos habíamos despedido en la puerta de casa y no me había dicho nada. ¡Lo estábamos compartiendo todo! Pasé el resto del día bastante nerviosa… no contestaba a mis llamadas y no podía abandonar la tienda, ese día estaba sola. Cuando nos encontramos al final de la tarde él también estaba bastante agitado. -Esta feria y nos desaparecemos- me dijo. No pudo decirme nada porque él tampoco lo supo hasta ese día. Me dijo que no estuviera preocupada por Albert, que incluso se alegraría por ambos. Yo desconfiaba… las ferias se programan con bastante antelación y más cuando de joyas se trata, pero me dejé llevar por la idea del viaje a Amberes junto al hombre que quería, era nuestro primer viaje juntos.
– Está claro que no quieres que conozca su identidad.
– Te cansarás de saber quién es. Albert no se sorprendió cuando nos vio aparecer juntos en el aeropuerto. Intentó hacerse la marica ofendida entre sus comentarios jocosos. Pero en el fondo se alegraba. El viaje fue agotador. Visitas, encuentros, cierre de operaciones… venta a lo grande… eso sí, tuve el placer de lucir joyas que nunca hubiera imaginado…
– Nunca te atrajeron los colores brillantes de las joyas.
– También a eso sucumbí, pero sin llegar a perder la cabeza. Una joya encima puede ser una garantía cuando careces de dinero.
– ¿Lo sabes por experiencia?
– Bobo. Llegamos con el tiempo más que justo al aeropuerto de Amberes. Pasé la primera el control. El policía se empleó a fondo con sus toqueteos. Fue entonces cuando vi que mis acompañantes no sólo se habían distanciado en la cola sino que además se habían separado. Encendí el móvil para comunicarme con ellos y ver qué pasaba. En el transcurso de esta operación, nunca son lo suficientemente rápidos; ellos desaparecieron sin dejar rastro, sin contestar a mis llamadas. Agoté el tiempo buscándoles por todas partes. Embarqué en un estado lamentable; las azafatas no me dejaron en ningún momento, no podía articular palabra, tan solo lloraba… Pensé de todo en el trayecto, creo que nunca me había sentido tan desvalida…
– Enamorada.
– Cuando aterrizamos en El Prat me faltó tiempo para conectar el teléfono… no había ninguna llamada suya tan solo un mensaje de un desconocido que se presentaba como Esteve y que me estaría esperando a la salida. ¿Qué estaba ocurriendo? Allí estaba con mi nombre escrito en una cuartilla. Nos encaminamos hacia la cafetería. Se presentó como el abogado de Albert y me contó lo ocurrido. ¡Pretendían viajar con una docena de diamantes robados! ¡Cabrones! Fue lo primero que dije desde que había salido de Amberes. Esteve intentó tranquilizarme… ambos estaban retenidos y a pesar de no haber tenido tiempo para estudiar el caso me aseguró que había muchas posibilidades de que tan solo supusiera un trastorno burocrático para ambos. Me recomendó que no hablara con nadie del viaje a Amberes; sólo lo sabíamos los tres; y que actuara con la mayor naturalidad posible en la tienda. Después de dos días sin salir de casa, sin dormir, decidí buscar tu abrazo… él todavía no me ha llamado…
– Ya está… yo te cuidaré. Seguro que en el plazo de una semana tenemos noticias suyas… sea por la prensa o por Esteve. Ahora tienes que descansar, ya estamos llegando.
– Gracias…
– No me las vuelvas a dar o me enfadaré. ¿Sabes? Estás enamorada.
– Sí…
– Estás de acuerdo conmigo en que Márquez tenía razón.
– Sí…
– Pues ahora sólo te queda recuperar la sonrisa para poder reírte de todo lo ocurrido.
– Sí. Necesito unos días para descansar… luego prometo reírme… te lo prometo.

>BELINDA CHAPINA

>
Ansiaba Belinda, así se llamaba, deshacerse del paño recién bordado. Su madre la vigilaba sin que nadie pudiera saberlo, entretenida con unos hilos nuevos. Hablaba sin cesar, negándose a escuchar la negativa del viajero.
-Telita linda, muy poco para el caballero ¿cuánto me da?-
-No hay más pisto.- Dijo Antonio sin interés.
Belinda, olvidando la sonrisa, insistía, pegando su paño multicolor a la barbilla del sujeto que sobresaltándose apartó a la niña sin verla. Cayó al empedrado de la plaza Belinda. Cubriéndose, casi por completo, con el paño multicolor. No se movía.
-¡Me la ha muerto!- Gritó la madre sin soltar los hilos nuevos desde el puesto.
Acudió el hombre sintiéndose aludido. Nadie se detenía en el ajetreo del mercado. Lo extraño del caso no era la repentina desaparición de una niña sino un paño multicolor por el suelo. Retiró con cuidado los colores bordados; Belinda se los arrebató en

un acto reflejo de sus manos. Temía que desaparecieran en el tumulto, que su madre le propinara buenos azotes por ello.
-No te lo voy a robar, estate tranquila, respira y dime si te puedes levantar del suelo.- Dijo Antonio despacio, intentando ganarse su confianza.
-Me lastimé la cabeza.- Articuló Belinda bajito con una pequeña sonrisa entre lágrimas, mirando de reojo a su madre que no se pudo acercar. Una jugosa venta la retenía en el puesto, dividiendo sus ojos entre la abultada cartera del cliente, Antonio y las lágrimas de su hija.
Antonio ayudó a la pequeña. ¿Qué edad tendría? Indefinida. El pelo liso, como pegado y un poco enmarañado. La piel pardusca del sol, y de algún que otro baño concienzudo de menos, roña en rodillas y codos; unos pies negrísimos y por supuesto descalzos, como los de la gran mayoría de los niños que por allí andaban. Siempre a la caza y captura de un posible comprador de… …fuera lo que fuera ellos sabían dónde encontrarlo.

Antonio era de Guatemala; pero había viajado durante años conociendo otros mundos de vida más fácil; pero no por ello mejores. Belinda, sus ojos de mirada siempre alerta, su verdad inocente, sus dientes, incomprensiblemente blanquísimos que mostraba al sonreír, le conmocionó de tal manera que enseguida supo lo que deseaba hacer.
-¿Estás sola?
-¡Noooo… … mi mamita!- Dijo Belinda bajito; señalando con precaución a su mamá que se guardaba el dinero en el refajo del trato cerrado en ese momento, a través del canalillo. Fue bueno.
-¿Qué fue lo que hizo a mi niña?- Dijo la mamá acercándose, mirando con recelo a Belinda; aguantándose el tortazo.
La reacción de la pequeña fue instantánea. Se acabó de incorporar para ir a refugiarse en las piernas de Antonio. Al dar la espalda a su madre, esta pudo ver como el mil veces recosido güipil que en tiempos fue suyo, estaba manchado de sangre.

-¡Ahhhh… … sangre!- Dijo, asegurándose de que el tono utilizado fuera lo suficientemente llamativo a los oídos de las compañeras del mercado. A pesar de parecer indiferentes, ya le habían echado un ojo a Antonio.
-Déjame ver…- Se adelantó Antonio. No quería que la madre descargara tanta energía sobre la desvalida Belinda.
-¿Es médico el señor licenciadito?
-Pudiera ser.- Contestó Antonio entre dientes. Comprobó que a pesar de la abundante sangre la herida era superficial.- No parece serio… ¿te duele mucho?
-Un poco.- Dijo Belinda sin perder de vista la mirada encendida de su madre.
-Te llevaremos al puesto de socorro.- Dijo Antonio queriendo salir de allí.
-¡Ay! Yo no puedo abandonar el puesto en este momento. Me compromete.- Mintió la madre.
La niña podría escabullirse sin problemas por los vericuetos del mercado y defenderse, llegado el caso, de un desconocido. Belinda sabía dónde asestar el golpe y por donde pasar sus renegridas uñas.
-Esté tranquila buena mujer. Pronto nos regresamos… además quería comprarle unos paños…- Se ganó la confianza de la madre que no entendía por qué su hijita se mostraba tan tranquila pegada a las piernas del licenciadito.
Se encaminaron en silencio al puesto de socorro. Les seguían, sin ser vistos, las miradas de cinco niños que sin perder el tiempo ofrecían su mercancía a los viandantes. Eran los hermanos de Belinda.
Antes de curarle la herida, el enfermero ofreció una golosina a la niña en un intento de que se abandonara confiada a sus manos. Belinda estaba cansada y dejó hacer. Escuchaba a Antonio lo ocurrido mientras, muy diestro, apartaba la mata de pelo de la nuca, recortando con sumo cuidado las guedejas. Aplicó yodo sin malgastar una gota. No era nada. Lo dejó secar y lo cubrió con un apósito imperceptible a la vista.
-Lista muchacha.
-Gracias.- Esbozó con calma saliendo de su letargo.
– No ha sido nada. Tienes que llevar cuidado unos días de no rascarte ni golpearte la herida. Déjala secar, la costra caerá sola sin que te des cuenta. Y que alguien te limpie la herida con este yodo con cuidado de no malgastarlo. ¿Podrás hacerlo?
-Sí.- Afirmó decidida.
-No se preocupe amigo. No ha sido nada. Ha hecho usted muy bien en traerla. Estos niños necesitan de la buena gente. Ahora tome estas golosinas para el resto de los niños que le estarán esperando y devuélvaselos a su mamita. Suerte.
Sin sorprenderse, Antonio le dio las gracias cogiendo de la mano a la niña. A la salida del puesto de socorro había otro puesto con comida.
-¿Quieres un cacao?
-Sííí.- Dijo con el dulzor de la golosina todavía en su boca, dándole su mejor sonrisa de agradecimiento.
Fueron apareciendo uno por uno, haciéndose notar con disimulo, los hermanitos. No era envidia, más bien hambre. Hubo cacao y golosinas para todos. Les pidió, haciéndose el inocente, que le acompañaran al puesto de paños pues había prometido a su mamá hacerle un encargo. Escoltándole como a un santo le acompañaron. Era la ocasión para dulcificar a su mamita demostrándole que ellos sí que sabían captar buenos compradores.
-¿Qué les pasó? ¿Mi niña?- Dijo la madre arrebatándole la golosina al más pequeño.
– No se preocupe, tan solo una pequeña brecha… tiene que cuidar de que no se la rasque y hacerle una cura con yodo… lo trae la niña.- Belinda se lo entregó con una sonrisa.- El resto sólo protegía a su hermana…
-Mis niños…- Dijo casi emocionada.
-Gracias. ¿Qué se le ofrece comprar?
Antonio miró y remiró. Una colcha, unas cortinas, una blusa para su mujer, unas fundas de cojín…
-Buena compra.- Pensó la madre.-Muchas gracias buen hombre y que el niño Jesús le acompañe.-Le sonrió la madre al cobrarle.
Belinda, que había permanecido sentada durante la operación tuvo un arranque de valentía delante de su mamita.
-Gracias.- Entregándole su pañito multicolor.
-¡Mi niña!-
-Quiero regalárselo mamita, fue muy bueno conmigo.
Nada pudo hacer la madre, enternecida con su sonrisa desafiante.
-¡Muchas gracias pequeña! Prométeme que harás lo que dijo el enfermero.
-Prometido.
Cuando llegó al hotel, Antonio se sintió bien. Se sentó. Bebió agua fresca. Pensando en Belinda y su familia reflexionó: -¿Cuántos niños hay en el mundo que no han recibido un golpe en la cabeza? Demasiados.- Ese día decidió cambiar su vida.

>AMACAYO

>
Me acompaña el rumor suave de las olas, la marea baja. La playa se desdibuja en el reflejo urbano de sus farolas. La temperatura es buena. Tan solo un pareo me cubre casi de cuerpo entero. Estoy bien, descansado; sentado en un peldaño de una de las escaleras que conduce a las rocas de la playa. A mis pies un pescador prepara su anzuelo. Se limpia y se dispone a lanzarlo lo más lejos posible. Comprueba el último nudo y… allá va. Apoya su caña. Se quita la gorra. Busca una roca plana donde dejar sus posaderas; parece conocerla bien. Enciende un cigarrillo sabiendo que la espera puede ser larga. Estamos muy cerca. No articula palabra, parece seguro; el silencio es el mejor aliado en su lucha contra los elementos. Yo escribo. Abandono mi libreta. Quiero fumar. Mientras elaboro un cigarrillo las hojas de mi cuadernillo se encrespan por una repentina brisa que me refresca. El pescador me mira, sin expresión, por primera vez. Me rebullo en la piedra y enciendo el pitillo. El silencio, salvo el rumor de la marea baja, es monástico. Casi mágico.

Saco mi mp4. Elijo música suave. Bossa. Busco voces femeninas que me mezclen con el sonido lejano de las olas. Te elijo: me conduces a un mundo desconocido. Olvido al pescador que orina a corta distancia sobre una roca puntiaguda como si quisiera erosionarla. No me interesa. Desciendo con precaución la escalera húmeda intentando no molestarle en su afán por diluir la piedra, de robar mi intimidad con las olas.

Camino despacio. No estoy triste a pesar de todo. Has elegido bien, interpretas desde tu dolor; hay que decirlo: el día que cantaste no estabas rota, muy al contrario, estabas plena de alegría. Pero ya sabías del amor y sus trampas. Amacayo. ¡Qué bonito nombre para una canción! No sé qué cuentan sus palabras; pero me van meciendo despacio hasta el Rinconín cubierto con mi pareo rojo y negro… eran los colores de Pedro Luis. No estoy triste. Voy a cumplir un pacto de amor acordado años atrás cuando le diagnosticaron la enfermedad que, años después, le alejó casi definitivamente de mí.

Pedro Luis y yo estábamos enamorados, nos quisimos siempre: cuando lo compartimos todo y cuando decidimos que no nos dejaríamos de querer nunca aunque estuviésemos alejados en el espacio, en el tiempo, en otras personas…Él ha muerto. Sus cenizas ya se han confundido con el viento y el agua de alta mar. Su madre lo quiso así, ni un rastro… No sabía que yo le tenía tan dentro a pesar de los años, las personas, las ciudades.

Nos conocimos con veintidós años en una romería, en un pueblo que no era el nuestro. Un amigo común nos invitó a ambos. Compartimos nuestras vidas los siguientes diez años. Nuestros corazones cesaron cuando, fuera por los tratamientos experimentales, o por la tristeza del que sabe que su vida ya nunca sería la que estaba construyendo, Pedro Luis decidió dejarse morir. En aquellos años decir te quiero en voz alta a otro hombre era más que un reto; la gente no sabía si éramos primos, hermanos… lo hicimos todo juntos. Tan naturales, frescos, espontáneos que nunca tuvimos una mala sombra que nos impidiera ser como éramos. Nos distanciamos. Pero no perdimos el contacto; nos queríamos.

Me acerco al Rinconín, la casa sigue allí con su jardín un poco salvaje. Compruebo desde fuera que no hay perro y que los rosales están en flor. Accedo discretamente y con calma, si preocuparme de que puedan descubrirme; elijo las rosas más lozanas, las más olorosas. Me siento muy bien. Con las rosas en mis manos, escuchándote, me dirijo tranquilamente a la roca que Pedro Luis y yo habíamos convertido en nuestro espacio de libertad más íntimo. Allí está con su forma de diván desvencijado. Reconozco cada palmo con mis manos, juego con sus diminutos escondites. La imagen de Pedro Luis acude fresca sonriéndome. Le devuelvo la sonrisa, me siento muy bien. Con tu voz siempre presente huelo cada una de las rosas inundándome de Pedro Luis, disfrutándolo, haciéndolo grande. Lanzo las rosas una a una al mar en calma sin lágrimas. Tan sólo con la alegría de habernos construido juntos. Observo mi obra: un puñado de rosas flotando juntas en la inmensidad del mar. Sonrío. Me lanzo al agua conjurándome contigo contra tu dolor, llenándome de todo lo que Pedro Luis y yo habíamos sido para no perderlo, para hacerlo más grande, más hermoso.

Satisfecho me dejo acariciar por el agua en su vaivén, por el aroma de las rosas diluido en mis pensamientos, por el eco de tu voz en el silencio de la noche, por su hermosura… … Tal vez esperando algún pescador, tal vez deseando que seas tú aceptándome con mi socorro sincero…

Regreso dos días después renovado, renacido y feliz. Te veo y compruebo que tu mirada ha recuperado su brillo. No te cuento nada del pacto cumplido; pero siento inmediatamente que te quiero, que te quiero querer por encima de convencionalismos, construyéndonos. Te miro en silencio y te beso profundamente en mi interior sabiendo que me has aceptado. La cita es breve, sales deprisa, tienes que preparar el próximo repertorio. Partes alegre de haberme visto, inquieta por algo que empiezas a sentir dentro y que todavía no reconoces.

Aprenderemos a querernos como los dos ya hemos querido. Estoy feliz.

>ANDRÉS

>

De las paredes del Berlín colgaban retratos de invidentes belgas en blanco y negro. Sus miradas huecas caían al vacío ante el griterío de los videntes indiferentes, casi ciegos de alegría por una pelota que tan sólo cambiaba de lugar en el campo; saltaban, cantaban, reían… España había ganado el mundial.
Beatriz llegó tarde. Las compañeras de parranda ya habían dado buena cuenta de la comida. Decidió tomárselo con calma. Intentando no molestar a nadie se acercó a la barra y se pidió una caña que degustó con placer. El calor se hacía insoportable. Fue entrando en la atmósfera poco a poco, saludando con besos y su media sonrisa a todo el mundo. La euforia no dejaba de crecer.
Fue entonces cuando, sin querer, vio a Andrés. No le conocía y se interesó desde el primer momento. Fornido, alto, moreno… contagiado de la alegría general, era como uno más, sin embargo, Beatriz no le relacionaba con ninguno de los grupos habituales que en líneas generales ella conocía muy bien. Decidió esperar para hacer las averiguaciones pertinentes ante tan repentino interés. Sus amigas, presas del furor futbolístico, hubieran sido incapaces de darle un informe veraz.
Era la primera vez que Andrés entraba en el Berlín. Nuevo en la ciudad decidió buscar un lugar donde se encontrara como en familia. Acertó. Después del segundo pinchito de tortilla era uno más. Era muy cómodo; estaba justo al lado del apartamento recién alquilado. Presentía que esa noche bebería.
Inmersa ya en la alegría general y confundiéndose en la algarabía, Beatriz tomó posiciones sin haber recibido información alguna de sus amigas: se colocó, algo impensable en ella, justo al lado del buen mozo de tal manera que el primer contacto, de producirse, sería por las caderas al ritmo que marcaba Manolo Escobar. Tal era el poder del fútbol para juntar a las personas que desde el primer envite recibido, Andrés entró en el juego empleándose con una energía desmedida. Beatriz pudo comprobar que el mozo no sólo parecía fuerte sino que además lo era. Sin embargo no la miraba, es más, parecía no verla. Tal es el poder que tiene el fútbol para cegar a la gente.
Beatriz no se amilanó, contestaba con sus caderas de forma eficaz.
-En algún momento cambiará la música y se dignará mirarme- pensó Beatriz deseando que la música de Manolo Escobar cesara. No fue así. Arrancó de nuevo la primera estrofa cuando el último “que viva España…” no había terminado. Fue entonces cuando Andrés agarró a Beatriz que, fuera por placer o fuera porque le era imposible soltarse, se abandonó al pasodoble en manos del joven que la zarandeaba con cierto estilo. Pero se resistía a mirarla y eso no le gustaba.
Apareció por la puerta un grupo de jóvenes que, por su estatura bien podría ser un equipo de baloncesto. Entraron bailando desde la calle agitando una gran bandera de España por los aires. En un giro Andrés se separó de Beatriz enviándola hacia el grupo de recién llegados. Su melena se enredó, en toda su extensión, con la bandera que enarbolada por aquél mocetón alcanzó el ventilador del techo. Beatriz se sintió, sin entenderlo, abducida desde atrás y hacia arriba. Justo en el momento en que el ventilador hubiera podido tirar de la bandera y de la melena, se paró.
Al mismo tiempo que Andrés cogía a Beatriz por la cintura elevándola con facilidad para evitarle el tirón.
-Va a ser bailarín- pensó Beatriz en un segundo de consciencia.
La mirada azul de Beatriz se clavó en la marrón de Andrés que como hipnotizado, sólo pudo decir:
-¡Qué guapa!-
El final ya lo conocen, se enamoraron.
Pasado el tumulto que se creó por la bandera y la melena sin más pérdida humana que cuatro cabellos largos que desaparecieron cuando el ventilador se recuperó del parón; los recién conocidos se acercaron a la barra a beber. Estaban sedientos. Después de unas cañas y una animada conversación desparecieron sin despedirse. Encaminándose agarrados de la mano al recién alquilado apartamento de Andrés.

>BEATRIZ

>
Ella estaba sentada en terraza. Con todo el peso de su cuerpo vencido hacia la derecha. Estaba cansada y molida por la ola de calor. Intentaba leer, con toda su melena suelta dejada caer a la búsqueda de un poco de aire fresco que no acababa de encontrar. Nadie había reparado en su presencia salvo Andrés.
El sabía que ella se llamaba Beatriz, se lo oyó a una amiga unos días antes, cuando Beatriz no la encontraba en el tumulto de la terraza en hora punta. Le encantaba cómo intentaba pasar inadvertida descuidando su imagen. Beatriz era atractiva, inteligente, sexy, guapa… tenía todos los encantos que buscamos los hombres en una mujer y más que sólo unos pocos habían conocido. Beatriz era una mujer magnífica. Lo que más le atraía era esa sonrisa azul. Pocas veces se prodigaba Beatriz, conocedora de su poder y de los peligros que entrañaba regalarla como algo baladí. En demasiadas ocasiones los hombres se habían equivocado con ella.

Andrés quería conocerla. Antes de sentarse en la mesa contigua pidió una gran jarra helada, al igual que Beatriz. Al sentarse intentó hacerse notar con un leve tropiezo con la pata de la silla. Beatriz no se inmutó, concentrada como estaba leyendo a Carmen Riera. Ya sentado y sin haber conseguido una mirada casual que hubiera disfrutado en secreto, decidió cambiar de estrategia.

Se propuso darle a la melena de Beatriz el frescor que necesitaba, un poco de placer sutil que le hiciera volver la cabeza y así conseguir esa mirada perfecta. Sacó de su bolsito de verano un abanico pequeño, como de juguete, de color negro. Se lo había regalado un buen amigo de Córdoba el verano pasado. A pesar de ser muy tímido en el uso de ese tipo de complementos estaba decidido a no pasar desapercibido ante tan bella mujer.

Dejó caer las varillas del abanico hacia adelante con la energía justa produciendo el sonido característico al abrirse. Comenzó a producir el ansiado aire fresco e intentó dirigirlo hacia la melena de Beatriz colocando el motor que le llevaría a la consecución de sus deseos a la altura de la cintura. Lo logró, era como si la corriente producida naciera en su cintura.
Vista desde fuera la imagen tenía su gracia, imagínense a Andrés en su discreción con aquel diminuto artilugio abanicándose al contrario del natural. Los caminos del amor son siempre sorprendentes.
La corriente empezó a fluir. Andrés incrementó el ritmo de su brazo que no de su muñeca, emocionándose al darse cuenta de que los cabellos de Beatriz empezaban tímidamente a moverse. Justo en ese instante, satisfecho consigo mismo; estaba a punto de lograrlo; el abanico salió disparado por los aires cayendo en la mediada jarra de Beatriz cuando, sin cambiar de posición, se disponía a beber un trago.
Salió de su ensimismamiento para incorporarse de un salto dejando caer la jarra sobre el libro de Carmen Riera que ya había alcanzado el suelo, derramándose. Inmóvil y perpleja todavía, se giró, mirándolo sin reaccionar. La cara de bochorno que tenía Andrés era tal que, las manos en alto, inocentes, empezaron a gotear sin control. Se miraron, se vieron y en una reacción inesperada estallaron en una sincera carcajada que atrajo las miradas de los parroquianos de la terraza que no entendían nada. En ese instante empezó a correr un aire fresco que los enamoró.