>BEATRIZ

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Ella estaba sentada en terraza. Con todo el peso de su cuerpo vencido hacia la derecha. Estaba cansada y molida por la ola de calor. Intentaba leer, con toda su melena suelta dejada caer a la búsqueda de un poco de aire fresco que no acababa de encontrar. Nadie había reparado en su presencia salvo Andrés.
El sabía que ella se llamaba Beatriz, se lo oyó a una amiga unos días antes, cuando Beatriz no la encontraba en el tumulto de la terraza en hora punta. Le encantaba cómo intentaba pasar inadvertida descuidando su imagen. Beatriz era atractiva, inteligente, sexy, guapa… tenía todos los encantos que buscamos los hombres en una mujer y más que sólo unos pocos habían conocido. Beatriz era una mujer magnífica. Lo que más le atraía era esa sonrisa azul. Pocas veces se prodigaba Beatriz, conocedora de su poder y de los peligros que entrañaba regalarla como algo baladí. En demasiadas ocasiones los hombres se habían equivocado con ella.

Andrés quería conocerla. Antes de sentarse en la mesa contigua pidió una gran jarra helada, al igual que Beatriz. Al sentarse intentó hacerse notar con un leve tropiezo con la pata de la silla. Beatriz no se inmutó, concentrada como estaba leyendo a Carmen Riera. Ya sentado y sin haber conseguido una mirada casual que hubiera disfrutado en secreto, decidió cambiar de estrategia.

Se propuso darle a la melena de Beatriz el frescor que necesitaba, un poco de placer sutil que le hiciera volver la cabeza y así conseguir esa mirada perfecta. Sacó de su bolsito de verano un abanico pequeño, como de juguete, de color negro. Se lo había regalado un buen amigo de Córdoba el verano pasado. A pesar de ser muy tímido en el uso de ese tipo de complementos estaba decidido a no pasar desapercibido ante tan bella mujer.

Dejó caer las varillas del abanico hacia adelante con la energía justa produciendo el sonido característico al abrirse. Comenzó a producir el ansiado aire fresco e intentó dirigirlo hacia la melena de Beatriz colocando el motor que le llevaría a la consecución de sus deseos a la altura de la cintura. Lo logró, era como si la corriente producida naciera en su cintura.
Vista desde fuera la imagen tenía su gracia, imagínense a Andrés en su discreción con aquel diminuto artilugio abanicándose al contrario del natural. Los caminos del amor son siempre sorprendentes.
La corriente empezó a fluir. Andrés incrementó el ritmo de su brazo que no de su muñeca, emocionándose al darse cuenta de que los cabellos de Beatriz empezaban tímidamente a moverse. Justo en ese instante, satisfecho consigo mismo; estaba a punto de lograrlo; el abanico salió disparado por los aires cayendo en la mediada jarra de Beatriz cuando, sin cambiar de posición, se disponía a beber un trago.
Salió de su ensimismamiento para incorporarse de un salto dejando caer la jarra sobre el libro de Carmen Riera que ya había alcanzado el suelo, derramándose. Inmóvil y perpleja todavía, se giró, mirándolo sin reaccionar. La cara de bochorno que tenía Andrés era tal que, las manos en alto, inocentes, empezaron a gotear sin control. Se miraron, se vieron y en una reacción inesperada estallaron en una sincera carcajada que atrajo las miradas de los parroquianos de la terraza que no entendían nada. En ese instante empezó a correr un aire fresco que los enamoró.

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2 comentarios en “>BEATRIZ

  1. >Jajaja, qué bueno… cuando mejor queremos estar, la cagamos -con perdón-, suele pasar, sí… menos mal que la historia termina bien -final abierto a la esperanza-De momento te he leído este texto -mola, molan los antiheroes-, pero entraré a saco a leer más -lo juro por Stanislavsky-, veo que no llevas demasiado tiempo en esto, yo sí, pero he estado como el Guadiana, ahora sí, ahora no…

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