>BELINDA CHAPINA

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Ansiaba Belinda, así se llamaba, deshacerse del paño recién bordado. Su madre la vigilaba sin que nadie pudiera saberlo, entretenida con unos hilos nuevos. Hablaba sin cesar, negándose a escuchar la negativa del viajero.
-Telita linda, muy poco para el caballero ¿cuánto me da?-
-No hay más pisto.- Dijo Antonio sin interés.
Belinda, olvidando la sonrisa, insistía, pegando su paño multicolor a la barbilla del sujeto que sobresaltándose apartó a la niña sin verla. Cayó al empedrado de la plaza Belinda. Cubriéndose, casi por completo, con el paño multicolor. No se movía.
-¡Me la ha muerto!- Gritó la madre sin soltar los hilos nuevos desde el puesto.
Acudió el hombre sintiéndose aludido. Nadie se detenía en el ajetreo del mercado. Lo extraño del caso no era la repentina desaparición de una niña sino un paño multicolor por el suelo. Retiró con cuidado los colores bordados; Belinda se los arrebató en

un acto reflejo de sus manos. Temía que desaparecieran en el tumulto, que su madre le propinara buenos azotes por ello.
-No te lo voy a robar, estate tranquila, respira y dime si te puedes levantar del suelo.- Dijo Antonio despacio, intentando ganarse su confianza.
-Me lastimé la cabeza.- Articuló Belinda bajito con una pequeña sonrisa entre lágrimas, mirando de reojo a su madre que no se pudo acercar. Una jugosa venta la retenía en el puesto, dividiendo sus ojos entre la abultada cartera del cliente, Antonio y las lágrimas de su hija.
Antonio ayudó a la pequeña. ¿Qué edad tendría? Indefinida. El pelo liso, como pegado y un poco enmarañado. La piel pardusca del sol, y de algún que otro baño concienzudo de menos, roña en rodillas y codos; unos pies negrísimos y por supuesto descalzos, como los de la gran mayoría de los niños que por allí andaban. Siempre a la caza y captura de un posible comprador de… …fuera lo que fuera ellos sabían dónde encontrarlo.

Antonio era de Guatemala; pero había viajado durante años conociendo otros mundos de vida más fácil; pero no por ello mejores. Belinda, sus ojos de mirada siempre alerta, su verdad inocente, sus dientes, incomprensiblemente blanquísimos que mostraba al sonreír, le conmocionó de tal manera que enseguida supo lo que deseaba hacer.
-¿Estás sola?
-¡Noooo… … mi mamita!- Dijo Belinda bajito; señalando con precaución a su mamá que se guardaba el dinero en el refajo del trato cerrado en ese momento, a través del canalillo. Fue bueno.
-¿Qué fue lo que hizo a mi niña?- Dijo la mamá acercándose, mirando con recelo a Belinda; aguantándose el tortazo.
La reacción de la pequeña fue instantánea. Se acabó de incorporar para ir a refugiarse en las piernas de Antonio. Al dar la espalda a su madre, esta pudo ver como el mil veces recosido güipil que en tiempos fue suyo, estaba manchado de sangre.

-¡Ahhhh… … sangre!- Dijo, asegurándose de que el tono utilizado fuera lo suficientemente llamativo a los oídos de las compañeras del mercado. A pesar de parecer indiferentes, ya le habían echado un ojo a Antonio.
-Déjame ver…- Se adelantó Antonio. No quería que la madre descargara tanta energía sobre la desvalida Belinda.
-¿Es médico el señor licenciadito?
-Pudiera ser.- Contestó Antonio entre dientes. Comprobó que a pesar de la abundante sangre la herida era superficial.- No parece serio… ¿te duele mucho?
-Un poco.- Dijo Belinda sin perder de vista la mirada encendida de su madre.
-Te llevaremos al puesto de socorro.- Dijo Antonio queriendo salir de allí.
-¡Ay! Yo no puedo abandonar el puesto en este momento. Me compromete.- Mintió la madre.
La niña podría escabullirse sin problemas por los vericuetos del mercado y defenderse, llegado el caso, de un desconocido. Belinda sabía dónde asestar el golpe y por donde pasar sus renegridas uñas.
-Esté tranquila buena mujer. Pronto nos regresamos… además quería comprarle unos paños…- Se ganó la confianza de la madre que no entendía por qué su hijita se mostraba tan tranquila pegada a las piernas del licenciadito.
Se encaminaron en silencio al puesto de socorro. Les seguían, sin ser vistos, las miradas de cinco niños que sin perder el tiempo ofrecían su mercancía a los viandantes. Eran los hermanos de Belinda.
Antes de curarle la herida, el enfermero ofreció una golosina a la niña en un intento de que se abandonara confiada a sus manos. Belinda estaba cansada y dejó hacer. Escuchaba a Antonio lo ocurrido mientras, muy diestro, apartaba la mata de pelo de la nuca, recortando con sumo cuidado las guedejas. Aplicó yodo sin malgastar una gota. No era nada. Lo dejó secar y lo cubrió con un apósito imperceptible a la vista.
-Lista muchacha.
-Gracias.- Esbozó con calma saliendo de su letargo.
– No ha sido nada. Tienes que llevar cuidado unos días de no rascarte ni golpearte la herida. Déjala secar, la costra caerá sola sin que te des cuenta. Y que alguien te limpie la herida con este yodo con cuidado de no malgastarlo. ¿Podrás hacerlo?
-Sí.- Afirmó decidida.
-No se preocupe amigo. No ha sido nada. Ha hecho usted muy bien en traerla. Estos niños necesitan de la buena gente. Ahora tome estas golosinas para el resto de los niños que le estarán esperando y devuélvaselos a su mamita. Suerte.
Sin sorprenderse, Antonio le dio las gracias cogiendo de la mano a la niña. A la salida del puesto de socorro había otro puesto con comida.
-¿Quieres un cacao?
-Sííí.- Dijo con el dulzor de la golosina todavía en su boca, dándole su mejor sonrisa de agradecimiento.
Fueron apareciendo uno por uno, haciéndose notar con disimulo, los hermanitos. No era envidia, más bien hambre. Hubo cacao y golosinas para todos. Les pidió, haciéndose el inocente, que le acompañaran al puesto de paños pues había prometido a su mamá hacerle un encargo. Escoltándole como a un santo le acompañaron. Era la ocasión para dulcificar a su mamita demostrándole que ellos sí que sabían captar buenos compradores.
-¿Qué les pasó? ¿Mi niña?- Dijo la madre arrebatándole la golosina al más pequeño.
– No se preocupe, tan solo una pequeña brecha… tiene que cuidar de que no se la rasque y hacerle una cura con yodo… lo trae la niña.- Belinda se lo entregó con una sonrisa.- El resto sólo protegía a su hermana…
-Mis niños…- Dijo casi emocionada.
-Gracias. ¿Qué se le ofrece comprar?
Antonio miró y remiró. Una colcha, unas cortinas, una blusa para su mujer, unas fundas de cojín…
-Buena compra.- Pensó la madre.-Muchas gracias buen hombre y que el niño Jesús le acompañe.-Le sonrió la madre al cobrarle.
Belinda, que había permanecido sentada durante la operación tuvo un arranque de valentía delante de su mamita.
-Gracias.- Entregándole su pañito multicolor.
-¡Mi niña!-
-Quiero regalárselo mamita, fue muy bueno conmigo.
Nada pudo hacer la madre, enternecida con su sonrisa desafiante.
-¡Muchas gracias pequeña! Prométeme que harás lo que dijo el enfermero.
-Prometido.
Cuando llegó al hotel, Antonio se sintió bien. Se sentó. Bebió agua fresca. Pensando en Belinda y su familia reflexionó: -¿Cuántos niños hay en el mundo que no han recibido un golpe en la cabeza? Demasiados.- Ese día decidió cambiar su vida.

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7 comentarios en “>BELINDA CHAPINA

  1. >mi amor,se me va la vida leyendo estas letras tan lúcidas, aún así veo que tiene buena pinta no sabía que dedicabas tanto tiempo en escribir, qué bueno!me gusta mucho las imágenes que empleas para el texto es buena combinación, porque no solo se trata de una simple poesía o historia o relato… sino que también estas jugando con la poesía visual.en estos días le hecho otro vistazo.besos enormes.Yuri.

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  2. >Gracias… sí es ficción… como todos loe relatos que has leído, pero es cierto que conozco Guatemala y sus mercados. Fotografié a la niña… no sé cómo se llamará, en Chichicastenango. Aquellos niños se merecían mucho más que este coscorrón… A ver si me pongo con la diatriba y hablamosBesos

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  3. >Qué bueno, lo he leído de tirón… es ficción supongo, pero… ¿has vivido una anécdota o una situación similar en la que te hayas inspirado? Está ilustrado con todo lujo de detalles, parece real…Muchas gracias por tu felicitación, es un proyecto en el que me involucré y que tenía ya casi olvidado, pero me ha hecho ilusión que haya salido adelante.Pásalo bien!

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