MATÍAS


Regreso.

Se entristeció. Algo había ocurrido. Algo tan serio como para borrar de un soplo su sonrisa. Dos líneas mecanografiadas y… … el estruendo por el derribo de la casa de sus padres. Se pronunció la nostalgia en una lágrima. Al mirar por la ventana una nube de polvo denso, dejó gris su horizonte. Los dulces recuerdos de la infancia fueron llegando en imágenes difusas.
-¡Vayamos a ver cómo van los renacuajos! Creo que hoy ya tendrán las patas.
-¡Sí vayamos! ¡Me muero de ganas de ver cómo son!
Fidel saboreaba un tomate a grandes bocados, aliñándolo con unos toques de sal antes de cada mordisco. Era como mejor le sabía. Empezó a salivar de forma inconsciente, recuperando por un momento aquel aroma.
-El año pasado me llevé unos pocos a casa, en un tarro con agua…
-¿Se las viste nacer?
-Me los tiró mi padre, pero me dijo que se los habían comido los gatos.
-¡Vaya!
– Los gatos suelen desaparecer un buen rato cuando le ven. Estuvo trajinando toda la mañana con las herramientas.
Siempre concentrado y a la labor…. Resolvió todo el papeleo en un periquete; como si de su padre se tratara, se marchó deprisa, despidiéndose con apenas un gruñido.
El bar había cambiado: el olor incrustado de los puros había desaparecido. Pero no el caminar cansino de su escasa clientela matutina. No reconoció a nadie, tampoco quería. Se sentó junto a la ventana que, como siempre, miraba a la plaza.
-¡No me has pillado! ¡No me has pillado!
-¿Cómo que no? ¡Matías! ¡Siempre me haces lo mismo! ¡Vete a la mierda! Ya no juego al rescate… me voy con la bici…
-¡Fidel! No le hagas caso. Ya sabemos que Matías es un tramposo. Venga… me la quedo yo.
-¡Jooo Cristina! No es eso, es que siempre me la hace a mí…
-Así espabilas mermao.
-¡Te vas a enterar!

Se tocó la mejilla como si no quisiera recordar el puñetazo, agitó la cabeza y esbozó una sonrisa. Sin embargo, y a pesar de aquel puñetazo, su relación con Fidel había sido de las más auténticas que recordaba. Juntos habían descubierto que los renacuajos se convierten en ranitas, pasado un tiempo.
-Disculpe… ¿terminó con el periódico?
– ¡Eh! Sí… perdone… estaba abstraído… con el árbol de la plaza…
– ¿A que está bonito?
– Precioso…
El camarero recogió el periódico y le dejó con la palabra en la boca. Regresó al instante un poco agitado.
-Perdóneme… es que… verá usted… el señor Daniel está muy mal de las piernas, y tiene la costumbre de leer el periódico todos los días a la misma hora… manías de viejo…
-Sí, lo… … no se preocupe, me hago cargo.
Matías no quiso darse a conocer. Recordaba a la perfección al señor Daniel. Le echó una mirada rápida… estaba tal y como le recordaba. Era un castellano viejo que había llegado a muy viejo sin cambiar lo más mínimo, salvo que… miró por la ventana y… la vieja Orbea de barra no estaba a la puerta. Tan solo una silla de ruedas motorizada. Volvió sus ojos al señor Daniel y comprobó que a sus pies había unas muletas. Se reafirmó con una sonrisa íntima en lo que ya de niño sospechaba: ese hombre no vino al mundo para caminar sino para rodar. Contadas eran las veces que Matías había visto al señor Daniel con los pies en el suelo.
– Matías… ¿Qué te parece si mañana salimos con la bici?
– La tengo picada Fidel y mi padre todavía no me la ha arreglado…
– Yo te enseño si quieres, es muy fácil.
– Si yo lo hago todo, desmonto la rueda, ¡sé quitar la cubierta y la cámara!; la hincho, la meto en agua y localizo el pinchazo. La seco con una camiseta vieja y pego el parche; pero cuando la vuelvo a montar y la inflo… nada, no hay manera de que se llene de aire.
– Eso es porque no dejas que se seque bien.
– Lo dejo un buen rato.
– ¿Lijas un poco la cámara?
– ¿Cómo?
– Sí, así se pega mejor.
– No tenía ni idea. Voy ahora mismo a hacerlo.
– Espera que te acompaño…
Salió del bar. La plaza conservaba el empedrado intacto. Se fijó con detenimiento. Había sido restaurado y lo habían hecho bien. Ya no era la plaza que se llenaba de charcos cuando llovía. En el centro había un viejo olmo que a pesar de enfermedades y plagas se conservaba sano y vigoroso. Se encaminó por la calle Real. No había cambiado. Las viejas casas blasonadas seguían quietas, como recostadas unas sobre otras y con apariencia de cerradas. Dos mujeres de mediana edad con sus carritos de la compra embellecieron el encanto de la estampa. Le saludaron curiosas y se alejaron en un cuchicheo inaudible. Continuó su paseo como sin rumbo por un camino conocido. Una algarabía de niños saliendo al recreo rompió el silencio.
– No sé qué me pasa… es verla y ufff…
– Ja, ja, ja que no lo sabes…
– Pues no Fidel… ¿qué pasa?
– Que Cristina te pone la picha dura ¡mermao!
– ¡Eh! No me llames mermao que te doy una…
– Pues díselo.
– ¿El qué? ¿Qué me la pone dura?
– Ja, ja, ja… no Matías, que te gusta…a lo mejor te da un beso, porque yo creo que tu a ella también…
– ¿Tú crees?
– ¿No te has fijado cómo se pone cuando te ve?
– ¿A cuántas chicas has besado?
– A muchas…
– ¿A quién?
– Pues… a…
– ¡Anda mentiroso!
– ¿Quieres que se lo diga yo?
– No… …pero acompáñame.
– Vale.
– Pero no te metas ¡eh!

Le sorprendió que hubiera tantos niños en el patio. Pensaba, a juzgar por el escaso movimiento de gente por las calles del pueblo, que estaba casi deshabitado. Siguió su camino, no quería llamar mucho la atención de las dos maestras que fumaban en la puerta del patio que daba a la calle. Se fue caminando despacio con el regusto de aquel conato de beso en el patio de la escuela.
– ¡Jo… me ha dicho que sí!
– Pues claro que sí mermao…
– ¡Fidel!
– A ver si va Ana con ella…
– ¿Te gusta?
– Bueno…
– Tanto presumir y ahora eres tú el que está nervioso jajajaja…
– Bueno… ahora cada uno a su casa y después de merendar nos vemos en la alameda… ¿no te parece?
– Síí…
– Y no olvides que a las chicas les gustan con los dientes blancos ¡mermao!
– ¡Te voy a dar una leche!
Sin darse cuenta, Matías había llegado a la casa de Fidel. Una puerta pequeña y una ventana pequeña coronadas por un balcón de barrotes sencillos. Una extraña proporción de la arquitectura popular, adecuada para las labores comunes de una hacienda también pequeña. Había un par de geranios sobre el poyo de piedra. Sonrió. La casa estaba al fondo de una plaza irregular, le daba el sol. De la casa salió una mujer con un tiesto que se le quedó mirando.
-¡Cristina! ¿Eres tú?
– ¡Eh! ¿Sí?
– ¡Soy Matías!
– ¿Matías? ¡Matías! ¡Matías!
Se fundieron en un abrazo sincero de viejos amigos.
-¿La casa de tus padres supongo?
– Era el único que podía venir. ¿Cómo estás?
– ¡Cuánto tiempo! Siempre está bien encontrarse con los amigos. ¿Quieres darle una sorpresa a Fidel? Está en la bodega, liado con el mosto. Dile que saque tres vasos. ¿Cómo estás?
– Bien, muy bien… Los recuerdos me trajeron hasta aquí… ¿No sé caerá a la tina?
– Jajaja… estoy segura de que no lo permitirás. Anda.

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