>NAT Y SANJIN

>-Pícara paloma si tu carne no fuera tan correosa y yo no tuviera estos casi dientes ¡te ibas a enterar! No porque te fuera a comer ¡Quia! No se hizo la carne adulterada para paladar tan fino. A saber qué escondes debajo de esas plumas. ¡Sal de ahí! Deja de engañar a los niños haciéndoles creer que juegas con ellos; de sobra sé que lo que quieres es embaucarles para que te esparzan su merienda hecha migas. ¡Sal de ahí! Te estás metiendo en mi terreno y como me enfade… ¡te vas a enterar!-
Estos pensamientos rondaban por la cabeza de Natalio, familiarmente Nat. Estaba apostado entre el hombro de su dueño y la caja derecha del desvencijado acordeón que a duras penas era capaz de terminar una canción debido, sobre todo, a la ausencia de teclas en su parte superior e inferior. Pudiera parecer precario el acomodo de Nat, y sin embargo, él estaba más que cómodo; estaba seguro. Desde esa altura podía otear a los viandantes que paraban y buscaban alguna moneda en sus bolsillos, al mismo tiempo que emitía intermitentes aullidos completando, a su manera, las entrecortadas melodías del acordeón; sin dejar de sujetar, en ningún momento, media botella de plástico con un sencillo cordel como asidero. Este improvisado y humilde cesto le servía a Nat para recoger la tan necesaria buena voluntad de la gente. Era eficaz ejecutando su tarea pues sabía como nadie de la proporción entre el sonido de monedas y la cantidad y calidad de su comida. Además disfrutaba siendo el centro de todas las miradas humanas que casi siempre se sorprendían, tanto por los aullidos del peculiar can como por las increíbles, casi imposibles, melodías del acordeón.
Su dueño era un hombre esbelto, de no más de treinta años; de aspecto prematuramente envejecido debido, sobre todo, a los sinsabores que le había proporcionado una vida en continuo tránsito. Se llamaba Sanjin. Víctima de los duros bombardeos que había sufrido su ciudad aquél seis de diciembre de 1991, ante los atónitos ojos del mundo; había perdido a toda su familia aterrorizado de su propia impotencia. El gesto se le congeló; grave, en apenas un instante: sus tres hermanas, su padre, su risueña mamá y su abuelo ya no estarían más. Doce horas de su corta vida, llenas del dolor y el ruido atronador de las bombas, que no olvidaría jamás; no podría.
Huérfano y abandonado a su suerte, esa primera noche se juró entre lágrimas que no pararía hasta encontrar en el mundo un lugar en el que sentirse realmente seguro. Siempre se había caracterizado Sanjin por el arrojo, que su abuelo fomentaba alimentando su imaginación con antiguas leyendas de dioses y héroes al son de su preciado acordeón que contenía, nunca se cansaba de repetirlo, todos los sonidos del mundo. No sabía el anciano, perteneciente a esa cada vez más escasa estirpe de la buena gente, cómo sus tiernas enseñanzas conducirían la vida del intrépido niño.
Sin perder en ningún momento la gravedad del gesto pasó Sanjin por varias instituciones y familias que completaron su truncada infancia hasta que se sintió dueño de sí mismo y lo suficientemente crecido para poder pasar desapercibido en el mundo que le había tocado vivir. Afortunadamente era un chaval espigado que se había entregado al deporte con verdadera pasión. Era el mejor refugio ante la innumerable cantidad de padres y funcionarios que había acumulado a lo largo de aquellos años. En su interior sabía que su vida iba a ser una carrera dura y por ello se convirtió en una promesa del atletismo. O tal vez, el ser un excelente corredor, se debiera, tan solo, a las continuas carreras que se habían convertido en seña de identidad de todos los intentos, por parte de educadores, padres, funcionarios y profesores de que se encaminara y, de alguna manera; no perdiera la felicidad infantil de sentirse parte de una familia. No lo lograron.
Contaba quince años el mozo cuando, una noche de primavera, provisto de una pequeña mochila de deporte y el viejo acordeón de su abuelo, salió huyendo de una acomodada familia que vivía en una granja cercana a las colinas de los bosques de la ciudad. Contaba con algo de dinero para montarse en un tren y desaparecer buscando el mar. Emprendió la marcha a pié caminando paralelo a la carretera entre árboles, arbustos y viñedos. No sabía muy bien dónde se dirigiría, pero sí sabía que yendo hacia el sur el clima se hacía más benévolo y eso le beneficiaría a la hora de dormir al raso, tanto por el frío que pudiera pasar como por la ropa de abrigo que podía llevar: un sencillo saco de dormir que había perdido la mayoría de sus plumas en la infinidad de campamentos que había hecho. Caminaba ligero, feliz y orgulloso. Conocía muy bien la zona; fuera de donde fuera la familia que le acogía, él siempre intentaba ubicarse en el mapa y ver las mejores opciones de huida. Muy al contrario de lo que demostraba pues no era la Geografía una asignatura en la que destacara, es más, la suspendía habitualmente con el firme propósito de no dar pistas sobre sus planes.
Bien entrada la mañana llegó a un polígono industrial, consultó un plano y se subió a un autobús urbano. Se mostró natural sin hacer caso de las miradas que le pudieran hacer. Sabía que tenía que estar seguro y tranquilo. Como no se sintió observado empleó el tiempo en disfrutar del viaje sin apenas moverse, con la mirada puesta en la ciudad. No la conocía. Recordó a su abuelo y sonrió tímidamente, apretando contra sí el viejo acordeón. Se apeó en la calle Avedik, cerca de la estación de ferrocarril. Cuando entró buscó un banco donde sentarse para reconocer el nuevo espacio: lavabos, despacho de billetes, accesos a andenes, guardias de seguridad, policía, etc. Había mucha gente de un lado para otro y él tenía que ser como uno más. Una pareja de policías salía en ese momento a lo que le pareció el refugio de los fumadores. No le prestaron atención. En el puesto de información recogió con disimulo todos los folletos que pudo: horarios, rutas, precios… Entró en el lavabo, se miró al espejo y decidió asearse; estaba cansado y tenía hambre. Sentado en el retrete echó un vistazo a los papeles; tenía que trazar un plan, elegir una ciudad. Se compró un chocolate y unas galletas de vainilla y nueces. Salió de la estación y se dirigió a un pequeño parque. Se sentó en un banco, no sin antes haber comprobado que estaría tranquilo para tomar la decisión más acertada.
Pensó que viajando en tren sería más difícil que dieran con él. Era bastante más caro que el autobús y por eso estaba confiado de que no sería por allí por donde empezarían a buscarle. Su familia no sabía que contaba con un dinero que había ido guardando como una hormiguita propina a propina. Calculó que si se administraba bien, durante una semana podría estar tranquilo sin tener que preocuparse de dónde sacar el dinero para comprar comida. Su prioridad ahora era alejarse lo más posible y estar en otra ciudad antes de que llegara la noche. A dos horas y media había una ciudad universitaria bastante importante. Siempre sería más discreto moverse entre gente joven. Comprobó que estaba situada en la dirección correcta y que el billete más barato estaba dentro de sus posibilidades Faltaban más de tres horas para que saliera el próximo tren. Tenía tiempo de sobra, tenía que conseguir comida para pasar el día, comprar el billete, llegar a buena hora y encontrar un lugar donde poder pasar la noche. Sin perder de vista la estación buscó un supermercado que no estaba demasiado concurrido. Compró pan de semillas, embutidos, algo de fruta y una botella de agua que podría rellenar sin ningún problema. Entró en la estación y se dirigió a la máquina expendedora de billetes como si lo hubiera hecho toda la vida, había cuatro jóvenes delante de él que le infundieron tranquilidad. Se comparaba con ellos y veía que no había tanta diferencia. Con el billete en la mano buscó un banco donde poder sentarse y vigilar sin que se le notara. Enseguida localizó a la pareja de policías que caminaban tranquilamente por la estación mirándolo todo con descaro. Parecían bastante aburridos. Se levantó y caminó deprisa intentando no darles el entretenimiento que, quizás, andaban buscando. No tuvo ningún problema cuando acelerando el paso se cruzó con ellos. Se unió a un grupo de forma solapada sin perder de vista a los policías. Cuando se acercó la hora de salida se encaminó hacia el andén con la despreocupación del que toma el mismo tren a diario; el señor que le pidió el billete le miró a los ojos, Sanjin le devolvió la mirada sin acobardarse y subió al tren. Cuando por fin se sentó respiró profundamente. Cogió una revista que había en el suelo. Sonrió al ver que se trataba de una revista turística de la ciudad a la que se dirigía. Le echó un vistazo buscando qué opciones le ofrecía para pasar la noche. A medida que avanzaba el tren se fue acomodando más y más en el asiento hasta que acabó por sumirse en un sueño reparador con la revista sobre la cara. Descansó. Le despertó el bullicio de un grupo de estudiantes. Comprobó que todo estaba en orden e intentó averiguar cuánto tiempo faltaba para llegar.
-Has dormido bien, se veía que estabas profundamente dormido.
Una señora bastante mayor se había sentado a su lado sin que él se hubiera dado cuenta.
-¡eh! Sí, lo necesitaba. Sabe si falta mucho.
– Veinte minutos más o menos. ¡Ay! La vida del estudiante…
Sanjin se levantó y fue al lavabo a refrescarse. Era cierto, tenía cara de haber dormido profundamente y volvía a tener hambre. Cuando volvió al asiento le ofreció una manzana a la señora sabiendo que la rehusaría. Se comió la manzana tan limpia como rápidamente ante los ojos sorprendidos de la señora que abrió su bolsa de viaje.
-¿Te apetece un pastel? Se los hice a mi nieto que tiene la misma edad que tú… cumple dieciocho mañana. Así me dices si me han quedado ricos.
-Gracias, está delicioso.
Sanjin se alegró mucho de lo que acababa de decir la señora. Realmente se sentía mayor, pero se enfrascó en la revista y se detuvo en la página que hablaba del parque más antiguo de la ciudad.
-¡Qué recuerdos me trae ese parque! Allí se me declaró mi difunto esposo. ¿Lo conoces verdad?
-Sí, claro.
Mintió Sanjin sin ruborizarse al ver que la señora, en su ignorancia, podría servirle de ayuda.
-Mis padres me llevaban de niño… hace mucho que no voy…
-Ahora lo han arreglado, un parque con tanta historia se lo merecía. ¿Sabías que antiguamente estaba el palacio real justo en medio? ahora ya no queda nada… desapareció cuando la guerra. Lo han remozado y bien que se nota, yo dejé de ir porque me daba pena y además no podía una sentarse en ningún banco.
-Ah.
-Sí, ahora da gusto sentarse a tomar el fresco las noches de verano. Es como mágico, con la iluminación que le han puesto tienes la cantidad de luz justa para charlar con las amigas y no tener la sensación de estar a oscuras. Dicen que es especial para no molestar a los animales. ¿Sabes? A mí me gusta mucho ir con mis amigas cuando vuelvo a la ciudad y hace buen tiempo… ¡Ay! Pero estarás pensando que a ti qué te importa… si es que con la edad las mujeres nos ponemos chochas con los jóvenes…
-No se preocupe. Creo que estamos llegando. ¿Quiere que le ayude con la maleta?
-Me viene a buscar mi hijo. Además vas bastante cargado. ¿Un acordeón? ¡Qué bonito!
-Sí. No se preocupe, puedo bien.
Sanjin acercó la maleta de la señora a la puerta que le dio las gracias efusivamente deseándole suerte en la vida. Se sintió bien, eran las primeras palabras que cruzaba con alguien y además el pastel sí que estaba delicioso.
Entró en los lavabos y se sentó en un retrete para revisar la revista con calma. Sólo allí estaría totalmente tranquilo. Por las fotos se veía bastante frondoso y como hacia una temperatura muy agradable no le dio más vueltas. Esa noche dormiría en el parque. No le asustaba en absoluto, era la ocasión perfecta de demostrarse a sí mismo la utilidad de lo aprendido en los campamentos de verano. La revista contenía un pequeño plano de la ciudad y no parecía que estuviese muy alejado de la estación. Salió decidido del lavabo y cruzó la estación sin detenerse. No había demasiada gente y el guardia de seguridad estaba entretenido con un viajero que parecía extraviado. Sabía que siguiendo por la calle que daba a la estación, tarde o temprano, aparecería una entrada al parque. Su intuición le decía que no podía descuidarse: a pesar de ser temprano tenía que estudiar bien el parque y elegir un sitio apartado para poder descansar. Estaba seguro de que podría lavarse a conciencia en una fuente e incluso lavar la muda, era mejor dejarlo hecho ya que no sabía cómo se le presentaría el día siguiente. Además era un chico muy limpio y no estaba dispuesto, pasara lo que pasara, a dar una imagen de abandono. No se iba a permitir a sí mismo parecer un vagabundo desorientado como los que aparecían en las películas.
Entró en el parque por una entrada lateral. Efectivamente era bastante frondoso y tenía innumerables caminillos por los que paseaban parejas de enamorados de todas las edades, niños, mamás con sus carritos… como hacía sol estaba bastante concurrido. Localizó un par de fuentes de agua potable cerca de la zona de juegos infantiles. No veía policías por ningún sitio y eso le tranquilizó. Se dio cuenta de que el parque estaba vallado por una cerca no demasiado alta y un seto, tenía que averiguar si por la noche se cerraba y a qué hora. En un panel informativo leyó que permanecía cerrado desde las diez de la noche hasta las ocho de la mañana. Tenía que conseguir cartones que le hicieran de aislante del suelo que aunque no lo parecía, seguro que estaría húmedo. Decidió salir a buscar algún contenedor de cartón; rodeando el parque no corría peligro de extraviarse. Estaba contento y se movía muy atento cargado con su acordeón y su mochila. Se detuvo en una tienda de televisores: un joven estaba preparando un gran paquete de cartones que probablemente irían a parar al contenedor. Decidió esperar mirando los televisores encendidos del escaparate. En todos estaba puesto el noticiero, presidentes de países, políticos, futbolistas… sin entender muy bien porqué, en ese momento se acordó de su familia de acogida…-¿habrán denunciado la desaparición? ¿estarán bien?- Estos pensamientos se esfumaron cuando vio salir al joven con el carrito. Le siguió sin que se diera cuenta. El contenedor estaba muy cerca y eso le alegró. Estaba teniendo suerte. Se cruzó con el joven cuando regresaba con el carrito vacío que le miró con un descaro fuera de lo normal. No se asustó Sanjin, no era más corpulento que él y sería de la misma edad. Fingió no darse cuenta y cuando ya estaba a sus espaldas se volvió extrañado. El joven seguía mirándole sin ningún tipo de recato. Sanjin se volvió de forma automática y se echó un vistazo, no había nada extraño en su aspecto. No le dio más importancia y se puso a la tarea de buscar alguna caja en la que pudiera meter el acordeón y algún cartón más. En caso de tener algún encuentro no deseado siempre podía decir que se estaba mudando de piso. Pensó que eso era habitual en las ciudades universitarias. No se equivocaba.
Regresó al parque con su carga. Había menos gente. Buscó un lugar discreto entre los árboles que estuviera lo suficientemente cubierto de vegetación para esconder lo que iba a ser su cama. Esperó a que no hubiera nadie por el caminillo para entrar y rápidamente ocultar las cajas vacías. Por nada del mundo dejaría el acordeón. Se sentó en un banco y se dispuso para comer un buen bocadillo de embutido. Estaba hambriento, se lo merecía. Cuando terminó todavía faltaba un buen rato para que se cerrara. Se colgó el acordeón, y allí, en su soledad, empezó a sacarle las melodías de su abuelo. Estaba tan concentrado que no notó que alguien había pasado y le había echado algunas monedas al suelo. Cuando terminó vio las monedas y miró a ambos lados… no había nadie. Recogió las monedas y se alegró. Ya contaba con esa opción para conseguir dinero, pero no tan pronto. Tocaba sólo por el placer que le daba.
La hora de que cerraran las puertas se acercaba. Creyó conveniente mantenerse oculto. Se imaginaba que algún vigilante se daría un paseo por el parque avisando a los últimos paseantes. Apenas se había acomodado entre unos matorrales cerca de una de las puertas cuando un hombre empezó a dar fogonazos con una linterna muy potente sin dejar de caminar. Afortunadamente para él ninguno le enfocó directamente a él. Se asustó un poco. Inmóvil, observó al vigilante cerrando las puertas con una cadena. Se tranquilizó cuando pasó muy cerca y continuó su camino rutinario. No obstante no se movió en la media hora siguiente. Tenía que estar seguro de que estaba felizmente encerrado. Cuando ya la posición era incómoda decidió salir de su escondrijo y realizar su propia ronda por el interior del parque yendo lo más cercano posible al seto y, así, comprobar que todas las puertas estaban cerradas. Tardó un buen rato en dar toda la vuelta, pero estaba dichoso, estaba encerrado y no se había encontrado con nadie. Se encaminó a una fuente. Se desnudó del todo y se lavó a conciencia lo más rápido que pudo para no enfriarse. Una vez seco, frotó la ropa sucia del día y se dispuso a buscar un buen lugar donde instalar los cartones. Optó por fabricarse un cubículo debajo de un banco con baldosines bastante grande, el suelo a su alrededor era de cemento y estaba bastante escondido dentro del parque. Se metió en su saco y cayó en un profundo sueño casi de inmediato.
Apuntaban las primeras luces del alba; un extraño sonido le hizo abrir los ojos. Se quedó quieto. Una juguetona ardilla intentaba extraer la bolsa de su comida del interior de la mochila. No quería dejarse robar, pero dedujo que si la ardilla estaba tan concentrada no había nadie por allí cerca salvo él. Afanosa, la ardilla estaba a punto de salir disparada con la bolsa; desconfiada, se quedó como congelada mirándole a los ojos. Se alejó un poco, sabía que se había despertado, pero volvió a acercarse como para asegurarse y con un gran salto al tronco de un árbol, desapareció confundiéndose entre sus ramas. Tras aquel simpático amanecer, Sanjin trazó el plan del día sin apenas moverse; hacía frio. Tomaría un tren a otra ciudad en dirección sur. Desayunaría algo caliente en la estación. Procedería igual que la noche anterior: esperaría al vigilante escondido entre los árboles y poder salir del parque camino de la estación como si nada hubiera pasado. Pero todavía faltaba mucho tiempo y se volvió a quedar dormido no sin poner a buen recaudo su comida.
Bien distinta fue la siguiente visión. Una moto y unas botas de policía. Mantuvo la calma. En menos de quince minutos estaba en una comisaria dando explicaciones a un funcionario que intentaba localizar a su familia.
Regresó a la misma familia. Su comportamiento siempre había sido bueno salvo cuando les sorprendió con su huida. La vida en la granja no estaba tan mal así que decidió esperar a ser mayor de edad para emprender la búsqueda de nuevo. Aprovechó bien aquellos años con el atletismo, ganando en repetidas ocasiones competiciones de renombre. También aprendió a tocar a la perfección el acordeón y destacó en idiomas. Sanjin sabía muy bien lo que se hacía. El año que, por fin, dejó de suspender Geografía, le regalaron un perrillo sin raza conocida que inmediatamente se convirtió en su mejor compañero. Le llamó Natalio, Nat para los amigos.

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2 comentarios en “>NAT Y SANJIN

  1. >Gracias… No está basado en una historia real, seguro que estás son mucho más cruentas. El hombre del acordeón y el perro estaban en Oporto y se dejaron fotografiar, es cierto que el perro no se llevaba bien con las palomas; yo tampoco, pero era más que humano. me encantó. El resto fue apareciendo, me acordé de Dubrovnik, las imágenes del bombardeo… todo fue apareciendo y pude tomar otros derroteros y continuarla, pero me quedé en Graz, donde llegó Sanjin desde una granja cercana a Viena… pero es ficción una ficción, también me acordé de las aventuras de Tom Sayer… estoy esperando los comentarios de varios sobrinos adolescentes… ¿qué les parecerá?besos obesosAlej.

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  2. >Qué relato más bonito, me ha encantado… no me extraña que te cueste dar señales de vida, ya lo entiendo…estás semioculto bajo un banco en un parque, guarnecido tras unos cartones que te sirven de caseta, dale que te pego, escribiendo historias largas, llenas de vida y conmovedoras… ¿te inspiras en datos reales…? ¿Todo es ficción? Naturalmente, todo esto que te digo que haces, a un paso de Berlín, claro, sin perderlo de vista.Percibo tu entusiamo pòr las ferias y fiestas lorenzanas, jajaja… gracias por los caracoles, estaban muy ricos.Yo ya estoy incorporada al curro, hoy y mañana con nocturnidad y sin alevosía.A ver si me aplico… a ver si… ya me dirás qué hay de lo tuyo, si sabes algo… Bueno, pues eso… que me voy a la siguiente actualización. Cuando te pones de lleno no hay quien te pille, jajaja.Bésote.

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